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San Emeterio

En el extremo oriental de La Marina asturiana, lindando con tierras cántabras, hay un pequeño enclave costero apenas conocido, pero muy digno de ser visitado. Se trata del mágico Bosque de San Emeterio, el encinar más importante de la costa cantábrica, que alberga también robles, madroños, abedules y acebos.

Su espesura cobija ancestrales tradiciones sagradas, que entremezclan historia con leyenda y mito con religión. Aquí, durante siglos, se mezclaron los susurros de las divinidades y espíritus ancestrales con los cánticos gregorianos de los monjes, las salmodias de los druidas con los rezos de los peregrinos.

Aquí nos habla la leyenda sobre tres hermanos, Tina, Marina y Medé (Emeterio). Viajaban en barco, cuando toparon con unos piratas. Mas se encomendaron a la protección de la Virgen, consiguiendo llegar a salvo a la costa. Entonces juraron, que nunca volverían a poner los pies en un barco. Aunque cada cual adoptó una postura distinta sobre el mar.

Marina, decidió que no quería verlo ni oírlo, por lo que se aposentó en tierra de Llanes. Tina, que no quería verlo, pero si oírlo, fue a vivir al Monasterio de Tina, desde el que se oyen las olas bramar. Emeterio, como quería seguir viendo y oyendo el mar, se instaló en la ermita de su nombre, desde donde se oteaba y escuchaba el océano.

El pueblo de Pimiango, asentado antaño en el barrio de Haedín, por “las Bajuras”, estuvo dedicado a la pesca, hasta que a finales del siglo. XVI una galerna pilló por sorpresa a los pescadores, quienes perecieron en su práctica totalidad. Los pocos supervivientes, juraron dedicarse a otras actividades y morir de hambre antes que volver a la mar.

¿No será esto una leyenda, basada en la leyenda de los tres hermanos que renegaron de navegar? Los lugareños cumplieron fielmente su juramento, pero no murieron de hambre. Mudaron sus viviendas, apartándolas de la costa, para recrear el pueblo junto a la Casona del Palacio, propiedad de los nobles Gutiérrez de Colombres. Y el nuevo lugar de Pimiango, se constituyó parroquia en 1659. Los citados nobles, vista la habilidad de los vecinos para trabajar el calzado, instalaron en su Casona un taller gremial para enseñar el oficio. De aquella escuela salieron los numerosos zapateros que, durante siglos, recorrieron las comarcas norteñas viviendo itinerantes, y calzando a media humanidad.

Dichos artesanos, elaboraron una jerga propia de oficio, la llamada “lengua de los zapateros”, el “mansolea”. Por ello fueron conocidos como “los mansoleas”: señores de la suela (de “man”, señor, y “solea”, suela), con rico folclore y tradiciones propias. Aunque tenían por patrono natural a san Crispín, eran incondicionales de los santos Emeterio y Celedonio, e hijos predilectos de Nuestra Señora de Tina. Devociones que difundieron en su errabundo vagar, mientras fabricaban y vendían sus artesanías. Pero el carácter sagrado de esta comarca no nace en el s. XVI, con los “mansoleas”, proviene de muy antiguo. En las afueras de Pimiango encontramos las primeras huellas en la cueva del Pindal, santuario Magdaleniense donde, hace 15.000 años, la humanidad paleolítica dejó grabados y pinturas, de carácter mágico propiciatorio, con bisontes, ciervos, caballos, mamuts, jabalíes y peces.

El naciente cristianismo, a fin de imponerse, asimila las creencias anteriores. Así, su mitología inventa la leyenda de los hermanos Emeterio y Celedonio para sincretizar viejas divinidades célticas. Pues, entre ellos, eran muy comunes los dioses por parejas, como los celtíberos Arentius-Arentia, y por tríos, como las Dea Matres.

Los susodichos santos dicen ser celtas, oriundos de las montañas leonesas. Allí son reclutados por Roma e ingresan en las tropas auxiliares, indígenas, de la Legio Gemina Pia Felix, acampada cerca de Lancia (León). Por su valor en combate, son condecorados con sendos collares torques, galardón romano de tradición céltica.

Sin embargo, cuando ambos se convierten al cristianismo, en tiempos del emperador Valerio, s. III, acaban martirizados por no querer renunciar a su fe. Tras larga prisión, estos soldados de Roma y del Cristo, fueron decapitados en las afueras de Calahorra (La Rioja). Los relatos mitológicos cristianos, cuentan que los ángeles toman sus decapitadas cabezas y las colocan en un navío de piedra, el cual es milagrosamente guiado hasta la costa de Pimiango. Allí, un peñasco enorme labrado por las olas, dicen ser aquella “barca de piedra” en la que, milagrosamente, arribaron a este lugar las cabezas de los soldados celtas mártires de su fe. Se levantó para ellos un pequeño templo, pero los clérigos del vecino Portus Victoriae reclamaron las reliquias y ambos hermanos fueron escogidos por patronos de aquella ciudad, que tomó el nuevo nombre de Portus Sancti Emeterii, luego Sant’Emter, y ahora Santander.

En su catedral se veneran hoy día, dentro de unas barbudas cabezas plateadas, que recuerdan aquellos enigmáticos relicarios del Temple, conocidos como “Bafomets”.

No debemos olvidar que los celtas tenían especial querencia por las cabezas, como símbolo de poder divino, y que estaban muy presentes en sus santuarios. Desaparecidas las reliquias y sus relicarios, con forma de cabeza, en Pimiango quedó el recuerdo de su devoción en la pequeña ermita de los Santos Emeterio y Celedonio, llamada de Santu Medé, erigida junto a la Cueva del Pindal. Al lado del santuario brota una fuente, milagrosa ya en tiempos célticos cuando estaba habitada por una ninfa, y cuya agua cura numerosos “males de los huesos”, especialmente de las extremidades inferiores. Por ello, los peregrinos acostumbran a refrescar allí sus pies. La vieja escultura del sufrido san Emeterio, dio motivo a un grotesco chascarrillo. Un año, por no sé qué cuestiones, la imagen de la Virgen no estuvo disponible para su fiesta. Como no se resignaban a celebrarla sin ella, alguien tuvo la ocurrencia de tomar la imagen del Santu Medé y vestirlo con el traje de la virgen, oculta su romana impedimenta militar por ropajes y manto. Con solo la cara al descubierto, les quedó “una Virgen” muy presentable para pasar el trago.

Pero el pueblo llano, que es socarrón hasta con lo más sagrado, en medio de la procesión se descolgó con estas coplillas: “San Emeterio glorioso el porqué lo sabréis vos, pues que fuisteis elegido para ser madre de Dios”. Por estas costas, abunda un espectacular fenómeno geológico que fue venerado como manifestación divina, ya desde el neolítico. Se trata de los denominados “campos de bufones”, abundantes entre Llanes y Junquera debido a la morfología kárstica de la zona, los cuales han sido declarados Monumentos Naturales.

Los bufones son formaciones geológicas, básicamente chimeneas verticales creadas por el agua de lluvia, en la roca caliza, que ponen en comunicación la superficie costera con la base del acantilado. El mar, a su vez, creó cámaras, en la base del cantil, que comunican con las citadas chimeneas.

De esta forma, la llegada de una ola a la cámara comprime el aire y éste sale por el agujero superior, a presión, emitiendo el característico “bufido” que da nombre al sistema.

Si además hay pleamar o temporal, son realmente peligrosos. Las olas, al romper en el acantilado, llegan a ejercer tal presión que expulsan por el agujero superior un surtidor de agua pulverizada, de entre 20 y 40 m., ocasionalmente acompañado de algas, piedras, arena, y otros restos marinos, incluso peces. Entonces, emiten un “bufido” que se puede oír a varios kilómetros de distancia, helando la sangre en las venas.