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Dunas de Corrubedo

Los ancianos del valle y los marineros viejos, los que han podido sobrevivir, dicen que hace muchos años, muchísimos, tantos que nadie lo recuerda, la ciudad de Valverde era una floreciente villa marinera, con un grande y amplio puerto y con centenares de barcos dedicados a la pesca y al comercio con otros puertos de la costa. La pesca no tenía secretos para los hombres de Valverde y el comercio era floreciente, por lo que la vida era alegre en la ciudad y sus mujeres hermosas y cuidadas. No tenían necesidad de hacer trabajos pesados y se resguardaban del sol bajo mantos de seda que los comerciantes traían de otros puertos.

Pero la vida relajada de los hombres de Valverde les hizo egoístas y perezosos; confiados en sus riquezas y en la sabiduría de las artes del comercio y de la pesca que dominaban a la perfección, se alejaron de Dios y de su Iglesia. El Pecado comenzó a rondar Valverde.

Una noche de verano, sin razón alguna, comenzó la mar a agitarse, el viento a enfurecerse y los hombres de Valverde no se preocuparon. Era noche de fiesta en la ciudad, todos los barcos, tanto pesqueros como de comercio, estaban bien amarrados en sus muelles y en la gran plaza del muelle hombres y mujeres reían y bailaban al son de los gaiteros. El trino de las gaitas y el repique de los tambores, las risas de las mujeres y las broncas voces de los hombres impidieron que escucharan el tañer de las campanas de la iglesia que estaban llamando a sus fieles para el oficio del Santo Rosario. Las campanas sonaron y sonaron y ni uno solo de los feligreses escuchó la llamada.

El mar seguía enfureciéndose y, a la espalda de la ciudad, el viento del norte bajaba por el valle hacia el pueblo adquiriendo cada vez mayor furia; ajenos a todo lo que no fuera la fiesta que celebraban en el muelle, los habitantes de Valverde ni escuchaban el bramar del temporal ni el aviso de las campanas, que ahora repicaban anunciando el peligro. Nubes de arena comenzaron a caer sobre la ciudad, arrastradas desde el valle por el viento enfurecido y olas de altura pavorosa se abatieron sobre el puerto; poco a poco el pueblo fue quedando cubierto por las aguas y la arena. Ya no se podía escuchar el son de los gaiteros ni de los tamboriles. Entre el ulular del viento y el rugido del mar, solamente se escuchaba el repique de las campanas…

Cuando amaneció ya había retornado la calma. El mar azul estaba tranquilo; una ligera brisa rizaba la superficie glauca de las aguas en la ensenada de Corrubedo y el cielo azul, era cruzado por las gaviotas perezosas que buscaban la ciudad de Valverde, en cuyos muelles siempre había restos de pescado abundantes, para su pitanza mañanera; pero Valverde no estaba. Se había ido. En su lugar estaban unas montañas de arena blanca que brillaban al sol de la mañana. Era todo lo que quedaba a la vista en el lugar en que la noche antes ocupaba la floreciente ciudad de Valverde.

En la laguna de Carregal, que se divisa al pie de la duna, está asolagada la ciudad de Valverde, donde había moros que fueron aniquilados por Carlomagno y los doce Pares de Francia y Oliveros, y en una peña del monte hay una patada del caballo de Roldán, dada cuando este pidió que, después de la puesta de sol, una hora más de día para derribar a los enemigos. Desde entonces, que, después del sol puesto, hay una hora de luz.

Hoy siguen allí las Dunas. Y la larga playa a sus pies. Las Dunas, según se puede comprobar, unas veces están a la derecha del llano que se abre a su espalda, ante el valle largo y triste; otras veces están a la izquierda. Aseguran los ancianos de los alrededores, que las dunas se mueven en la noche para tapar las salidas que los hombres enterrados de Valverde están cavando desde aquella noche para salir a la superficie. El Genio que tiene aprisionado al pueblo de Valverde les deja llegar a vislumbrar la superficie, y cuando ya están a punto de salir a la luz del sol, mueve las dunas y vuelve a enterrar a Valverde y a la esperanza de sus hombres bajo las montañas de arena blanca y fina. Por eso en las dunas no crece vegetación alguna, porque siempre están en movimiento.