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Raton de Getaria

Hace mucho, mucho tiempo, un malvado pirata asolaba las costas de Euskadi. Era grandote, malote y llevaba un gran bigote.

Cada semana, algún pueblo de la costa veía su vela negra asomar por el horizonte, con su negra bandera ondeante: una calavera sobre una cuchara y un tenedor cruzados.

El pirata no mataba a la gente, ni se llevaba el dinero, sólo se comía todo el queso que podía meterse en su enorme panzota y luego (malote, malote) tiraba el resto al mar gritando:

– Nadie hay en Euskadi que coma más queso que yo.

Una mañana de primavera, bajo una lluvia torrencial, el horizonte de Getaria vio asomar la negra vela del pirata malote.

El barco atracó en el puerto, y las risas malvadas del pirata malote se oyeron desde el puerto hasta los campos:

– JO, JO, JO, soy el pirata malote y nadie come más queso que yo.

Todo el mundo en Getaria se echó a temblar, pensando que el pirata se comería su queso y tiraría el resto al mar.

Entonces se oyó una vocecita salir de entre las casas de pescadores:

– Quizá eres el pirata más malote, pero seguro que no puedes comer más queso que yo.

La gente se quedó ojiplática y boquiabierta mirando hacia el que había dicho eso, porque el que así había hablado no era ni más ni menos que el ratoncito del puerto.

Alguno quizá no sabéis de qué ratoncito hablo, así que dejad que os cuente…

En el puerto de Getaria, en esos días, vivía un ratoncito gris. Era pequeño y muy tímido, y, para no molestar, sólo comía los trocitos de queso que caían de los bocadillos de los pescadores. Cuando a un pescador se le caía un trocito (pequeño, pequeño) de queso del bocadillo, el ratoncito asomaba su naricita, daba cuatro saltitos (bing, bing, bing, bing), cogía el trocito con sus manitas y le daba un mordisquito (pequeño, pequeño). Luego se frotaba la tripita y decía:

– Ya no puedo comer más.

Y se volvía a su pequeño agujero entre las casas del puerto. Entenderéis, entonces, por qué la gente de Getaria se había quedado ojiplática y boquiabierta: ese ratoncito nunca había podido comer más de un pequeño mordisquito de un trocito pequeño de queso caído de algún bocadillo de los pescadores… Y ahora se atrevía a decir que podía comer más queso que el pirata malote, que era conocido por su increíble capacidad para comer queso.

Al oír esa bravata salir del hocico de un ratoncito tan pequeño, el pirata malote se puso a reír a carcajadas:

– JA, JA, ¡¡JA!!

Pero de repente, dejó de reír, se puso muy serio y, mirando al ratoncito, dijo:

– Con que ésas tenemos, ¿eh? Muy bien, ratoncito, tú te lo has buscado: haré que nos traigan todo el queso de Getaria y haremos un concurso de comer queso; si yo gano, quemaré el pueblo entero y a ti te tiraré al mar dentro de una jaula de hierro.

– ¿Y si gano yo? – preguntó el ratoncito.

– Eso, mi pequeño rival, no pasará jamás.

Y así lo hicieron: el pirata malote hizo que sus piratas obligaran a la gente de Getaria a llevar todos sus quesos al puerto, los pusieron en una mesa y se sentaron uno en cada punta de la mesa: pirata y ratoncito, dispuestos a demostrar quién era el más tragón.

La gente de Getaria estaba muerta de miedo: seguro que ganaría el pirata malote, y entonces quemaría el pueblo y arrojaría al ratoncito al mar en una jaula de hierro.

Sonaron las campanas de la iglesia y empezaron a comer: el pirata malote engullendo grandes bocados de queso, y el ratoncito dando mordisquitos pequeños, tras los cuales, se frotaba la tripita y decía:

– Ya no puedo comer más.

Pero entonces, miraba la montaña de quesos que tenía delante y añadía:

– Bueno, quizá un mordisquito más sí me cabe. Y daba otro mordisquito.

Al cabo de un rato, el pirata malote ya llevaba engullidos tres enormes quesos, y se miraba al ratoncito como pensando: «va a ser divertido tirarle al mar».

Pero el ratón (que ya no parecía tan pequeño) se llevaba un trozo de queso a la boca, se lo comía y decía:

– Ya no puedo comer más – mientras se frotaba la tripa.

Entonces miraba los quesos que tenía delante y añadía:

– Bueno, quizá un mordisco más sí me cabe. Y cogía otro trozo.

Pasaron dos días enteros comiendo queso. Casi no quedaba queso en la mesa, el pirata malote tenía los ojos hinchados y llorosos de tanto comer. Tanto, que se había tenido que quitar incluso el parche de pirata.

– Ya no puedo comer más.

DIJO EL PIRATA

– Yo tampoco – dijo el ratón, que ahora parecía muuuucho más grande que antes (y que el pirata, y que la mesa, e incluso parecía más grande que el puerto)

– EMPATE!! – gritó el pirata.

Pero entonces, el ratón, mirando el último trozo de queso que quedaba dijo:

– Bueno, quizá un mordisquito más sí me cabe…

Y cogió el último trozo de queso (que era tan grande como la cabeza del pirata malote) y se lo comió.

– BIEEEEEEEEN!! – gritó la gente de Getaria -. El ratoncito ha ganado, y ahora te tendrás que ir sin quemar el pueblo – le dijeron al pirata malote.

¿Se habían salvado?

Pues no, porque el pirata era muy malote, y, enfadado, corrió hacia su barco gritando:

– Me da igual si ha ganado el ratón. Dispararé mis cañones y convertiré todo el pueblo en cenizas. La gente corrió asustada: estaban perdidos, pero entonces, desde muy arriba, se oyó retumbar una voz:

– HE COMIDO DEMASIADO… CREO QUE ME ECHARÉ UNA SIESTA

Era el ratoncito, que de tanto comer era ahora tan grande como una montaña. Se había hecho gigante, ¡y tenía tanto sueño que se tumbó a echarse la siesta… SOBRE EL BARCO DEL PIRATA MALOTE! Y así fue como el pirata se quedó sin barco. Y así fue como la buena gente Getaria pudo, por fin, comerse sus quesos tranquilamente.

«¿Y el ratoncito?», os preguntaréis.

Pues sigue tumbado en el mismo lugar echándose una siesta larguísima tras haber comido tanto queso y haber salvado el pueblo de Getaria.

Y cuenta la leyenda que, si algún día aparece un barco pirata en el horizonte, el ratoncito se despertará de su siesta para salvar a sus amigos otra vez.