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Avilés, la primera villa del Cantábrico

Los primeros avilesinos vivían anegados por una mano de ríos que morían en una lengua de mar que alcanzaba la actual parroquia de Trasona y que se desarrollaba a la sombra del castillo de Gauzón, legendaria fortaleza desde la que los reyes asturianos gobernaban un estuario salvaje, un territorio inhóspito que, con el correr de los siglos, acogería en sus orillas las principales industrias del país: acero, vidrio, cinc, aluminio, abonos... El certificado de nacimiento de la villa de Avilés lo extendió el rey Alfonso VI de León en el año 1085. Su nieto, el séptimo Alfonso, ratificó el aforamiento. Y comenzó la historia y la prosperidad de la primera villa del Cantábrico, que transformó una aldea de pescadores en un centro de negocios de primera envergadura. En plena Edad Media.

¿Y qué era un fuero? Los fueros y cartas pueblas eran documentos que ordenaban las relaciones ciudadanas y que determinaban qué tributos cedía el monarca al concejo recién nacido para invertir en su propio desarrollo. Alfonso VI y, después, su sucesor se empeñaron en controlar los extremos de sus territorios y para ello accedieron a perder riqueza a cambio de la fidelidad de los concejos recién colonizados. «Y Avilés durante toda la Edad Media fue siempre una villa de realengo, es decir, del rey», explicó Miguel Calleja Fuentes, otro coeditor de las actas del congreso de los fueros y el responsable de certificar la autentificación de la segunda copia de la partida de bautismo de la capital del alfoz de Gauzón, recuperada por el Ayuntamiento avilesino, con el apoyo de un grupo de empresarios locales.

La importancia del Fuero de Avilés es capital para la historia del Principado, el catedrático Ignacio Ruiz de la Peña no se cansa de decirlo. Y es que Avilés es la villa más antigua del Cantábrico. «Bilbao, por ejemplo, se fundó en 1300; San Sebastián, en 1180; La Coruña, en 1208; Laredo, en 1200, y Santander, en 1186». Y es que la prioridad fundacional de Avilés, dice el catedrático, «explica la temprana apertura de la fachada litoral asturiana a la navegación atlántica, comercial y pesquera». O sea, el Fuero de Avilés organiza la ciudad y la enaltece. El puerto principal del reino de León fue el de Avilés, que desde principios del siglo XIV se transforma en la capital de un alfoz desperdigado desde que la Monarquía cedió a la Orden de Santiago el gobierno del castillo de Gauzón, que había sido el centro de la administración real. El rey Fernando IV da aire a las ciudades y se lo quita a los castillos y otras fortalezas. Y Avilés se benefició de aquella política municipalista. Aquellos avilesinos medievales, pues, se situaron en el centro del universo. «Muy pronto, efectivamente, veremos definirse un eje comercial terrestre que une el puerto avilesino y Oviedo con la ciudad de León, ramificándose hacia otros mercados interiores, hasta el Duero e, incluso, más allá», escribe Ruiz de la Peña. Y todo por el aforamiento de la ciudad. Avilés y Oviedo se desarrollan en paralelo. Las dos establecen relaciones comerciales con puertos de la costa francesa y de las de Flandes o Portugal. Los muelles de Avilés son foco de atracción de riqueza. El catedrático señala la madera y el hierro como principales materias primas objeto de exportación. Ruiz de la Peña apunta también algunas referencias al comercio del vino. Pero no todo fueron mercancías. La villa de Avilés acogió en aquellos primeros años de la ciudad organizada una emigración profunda de franceses y occitanos. El Fuero puso a Avilés y a Asturias en el mapa internacional.

Decía Jardiel Poncela que la leyenda es la hija adoptiva de la historia. Sentencia que viene a cuento a la hora de hablar de la estirpe más famosa de la historia de Avilés: la de Las Alas.

La leyenda bautiza su nacimiento tal que así: cuando, en el siglo VIII, los árabes se apoderaron de Avilés, un caballero de nombre Martín Peláez, se hizo fuerte al refugiarse en Raíces, donde entre sus propiedades poseía una fortaleza (debe referirse al castillo de Gauzón) que vigilaba el estuario en cuyo fondo se asentaba Avilés, el más poderoso puerto del reino de Asturias. Al tal caballero, los mahometanos lo cercaron y acorralaron en las torres del castillo, donde Martín se había escudado, defendiéndose a mandoble limpio. Pero comenzó a desfallecer en su agotadora decapitación de islámicos que seguían achuchándole como si nada, hasta que apareció en lo alto del castillo un ángel de grandes alas -he aquí el quid de la cuestión- con una espada en la mano y una cruz en la otra, oyéndose una voz que tronaba: «Venga Señor, a nos, tu causa». Y así Martín Peláez terminó triunfante y, desde entonces, fue conocido como Don Martín el de Las Alas.

Estas son leyendas y lo demás son cuentos.

Hay quien asegura que fue el mismísimo don Pelayo quien le concedió el escudo de armas, donde se refleja aquella leyenda, y que es uno de los más antiguos que se conocen (y del que existen variantes, expuestas por Francisco Mellén en su publicación 'Heráldica de Avilés'). Abundan los escudos de esta familia en distintos edificios de la ciudad, donde también hay una calle (antigua calleja del Moclín) llamada 'Los Alas', desde 1892.

En la Edad Media, construyeron una casa fortaleza, en pleno puerto, al lado de la histórica parroquia de San Nicolás de Bari (hoy iglesia de los Padres Franciscanos), que incluía un alcázar artillado y un palacio residencial, justo donde hoy está el de Camposagrado. Según fue avanzando el tiempo, encontramos mercaderes, guerreros, marinos, religiosos, políticos, ostentando el apellido de Las Alas.

Una familia tan alargada como esta es de botica, establecimiento donde solía haber de todo. Y ese todo contenía, generalmente, poder. Poderoso reconstituyente que hizo posible que desde sus remotos orígenes hasta el siglo XVII tuvieran subordinado a su patrimonio una tercera parte del asentamiento urbano medieval de la villa en la que desempeñaron, además, durante siglos un poder sin parangón al ocupar importantes cargos del gobierno local.