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La Galeota de Huelva

Los piratas que asolaban las costas de Mazagón y Doñana, hace más de cuatrocientos años, eran turco-berberiscos (musulmanes), desde sus bases en el Norte de África, asolaban y saqueaban los poblados próximos a las costas de Mazagón y Doñana impunemente, por ser ésta una zona inhóspita en la que no existía ninguna vigilancia, ni tampoco contaba con ningún tipo de sistema defensivo. Sanguinarios piratas, como Arranz Mohamet, Solimán el Negro y Papasali, tuvieron durante muchos años atemorizados a los habitantes de esta zona. Apresaban a sus gentes, a los pescadores que faenaban en sus aguas y a todos los que transitaban por ellas, para secuestrarlos y luego devolverlos a sus familias cobrando un rescate. Otros, eran vendidos como esclavos en el mercado musulmán; por lo general vendían a las mujeres, que eran utilizadas para trabajos domésticos o como concubinas, y a los hombres más jóvenes para remar en las galeras, donde terminaban dejando su vida. El resto eran decapitados; así de crueles eran estos piratas. Mucho se ha escrito, criticado y deplorado sobre la esclavización de los africanos por parte de los blancos; sin embargo, se ha ignorado la esclavitud de los blancos por parte de los africanos del Norte, que fue tan siniestra como la de los blancos. Al llegar a África era tradición obligar a los esclavos cristianos a desfilar por las calles de la ciudad para que la gente se riera de ellos; era una respuesta de rencor y rabia por haber sido expulsados de España en el pasado. Sólo una familia de Huelva tuvo el valor de enfrentarse a ellos, perseguirlos y expulsarlos de estas costas: la ilustre familia de los Garrocho, una saga encabezada por Juan Martínez de Vega y Garrocho, oriundo de Santander, noble del Valle de Carriedo y afincado en Gibraleón a finales del siglo XIV. Su hijo, Martin de Vega y Garrocho, alcaide del castillo y fortaleza de Gibraleón, ya establecido en Huelva, murió lanceado al enfrentarse a los corsarios en el intento de tomar Túnez en 1541

Su descendiente, el capitán Andrés de Vega y Garrocho, el héroe de más graduación de toda la familia fue visitador de las Armadas y Flotas de Indias, durante más de doce años, y Almirante de la Armada en la conquista de Larache, en la que participó su hijo Juan de Vega y Garrocho. En 1581, Juan de Vega y Garrocho, al regresar con su padre de la “Jornada de Larache” fue capturado por el temible pirata Papasali, cuando navegaba por la costa de Arenas Gordas, y no fue rescatado hasta cuatro años después. En aquellos tiempos, Huelva contaba con numerosos barcos de transporte y de viajeros, además de jábegas, cazonales, chinchorros, lavadas, y otras muchas embarcaciones que se empleaban en la pesca, surtiendo de pescado a la provincia, a Sevilla y a gran parte de Extremadura, un atractivo más para los piratas africanos. Preocupado por esta situación, el duque Juan Alonso Pérez de Guzmán ordena construir una galeota en el astillero de Huelva que, bien pertrechada y servida de gente diestra y de valor, dotada de buenas armas y municiones de guerra, fuese capaz de hacer frente a estos piratas y defender la costa de Huelva. Y así, nació la famosa Galeota de Huelva, que fue capitaneada por Juan de Vega y Garrocho, llegando a ser el terror de la piratería musulmana. Una leyenda cuenta que el pirata Papasali estaba obsesionado por las ballenas y otros “monstruos marinos”. Aprovechándose de esto, el capitán Garrocho construyó una estructura sobre un barco y le pintó ojos y dientes simulando un monstruo marino. El barco-señuelo fue dejado varado cerca de la costa, sin los palos, para que pareciese una ballena. Cuando el pirata Papasali se acercó a comprobar lo que era, fue acorralado y apresado. Como todas las leyendas, no sabemos si sucedió realmente o si fue solo un mito.

Pero, aquella temible Galeota de Huelva, que hizo respetar estas costas derrotando a grandes embarcaciones, haciendo prisioneros a sus tripulantes y colgando sus banderas, a modo de trofeos, en la capilla mayor de San Francisco —propiedad de la familia—, no tuvo un final feliz. Las diferencias entre los ministros del rey sobre el reparto de las presas crearon una situación incómoda para todos y se mandó quemar la galeota. Es evidente que la corrupción no es un invento de nuestros días.