Mares Infinitos

Lagos era desde antes de la edad media el paso obligado de los barcos que salían del Mediterráneo. En busca de una historia que contar me encontré que esta ciudad estaba atravesada por siglos de grandes y pequeñas historias, invasiones, piratas, guerras, terremotos. Originalmente lo habitaban los celtas, un pueblo apacible que se dedicaba a la pesca y la siembra. Ya en la antigüedad, cuando fueron invadidos por los romanos estos no lograron someterlos, ni cambiarles su forma de vida. Los romanos, que según ellos traían el progreso, tildaron de poco trabajadores y vagos a los celtas que seguían viviendo de lo que la naturaleza les proveía. Si ahora es un pequeño paraíso ni me quiero imaginar las playas, las rocas con sus cuevas escondidas entre las olas y gaviotas hace dos mil años.

Los fenicios también hicieron su aporte a una mezcla de culturas que enriqueció a esta zona. Luego fueron los moros, que trajeron sus majestuosos palacios, estratégicos fuertes, sus geométricos entramados, su comida y sus apasionados romances. La invasión de los africanos trajo adelanto a Algarve. Muchas personas, tanto españolas como portuguesas con las que hablé, coinciden que no fue del todo malo que los moros se hayan instalado durante tantos siglos en la península Ibérica. Esto en algo contradice a los libros que tuve el alcance de leer. La mayoría habla sobre la reconquista de los reyes católicos y los relatos describen las hazañas de sus héroes en esas batallas. La historia, como casi siempre, la escriben los que ganan.

Existen sin embargo algunas leyendas e historias de los moros que perduran en el colectivo popular que perduran gracias a través de la tradición oral. Una artesana me contó sobre los almendros en Algarve. Hace muchos años, en un pueblo de Algarve vivía un príncipe árabe que se casó con una princesa nórdica. Fueron felices al principio, pero luego la princesa comenzó a extrañar su tierra, sobre todo la nieve. Se enfermó a causa de la tristeza y su espíritu se iba apagando día tras día. El príncipe desconsolado consultó a todos los médicos, magos y hechiceros que nada podían hacer para que la princesa mejorara su estado de ánimo. Si continuaba así iba camino a una muerte segura. Hasta que al príncipe se le ocurrió una idea. Mandó traer y plantar miles de almendros en toda la ciudad. Estos al llegar la primavera dan unas pequeñas flores blancas. El viento con los correr de los días desprendió a la mayoría de ellas. Una mañana el príncipe llevó a la princesa nórdica hasta la ventana y para su sorpresa pudo ver todos los árboles y el suelo de blanco, como si fuese su añorada tierra colmada de nieve. Además, el perfume de las flores le obsequiaron un mayor colorido a lo que sus ojos veían. La princesa a partir de ese día olvidó su tristeza y se curó para siempre. Hay otra versión que habla que el príncipe además de los arboles ordenó a todos los pobladores que pintasen sus casas durante la noche anterior, así cuando la princesa se asomó al balcón, pudo ver la ciudad toda de blanco, tal cual su anhelada tierra nórdica.

Lagos fue prácticamente destruido por el terremoto de 1755. Lisboa y Lagos fueron las dos poblaciones más afectadas de Portugal. Luego del temblor leí crónicas que cuentan que el agua del mar desapareció por cientos de metros para luego aparecer en forma de una gran ola que se introdujo tierra adentro arrasando lo que el temblor no había podido derrumbar. La mayoría de las casas e iglesias del poblado quedaron hechos escombros. Sin embargo, Lagos resurgió.