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El Pataricu

El Pataricu es uno de los seres mitológicos asturianos menos conocido, pero no por ello menos atrayente.

La curiosidad por conocer las andanzas de estos seres, aparte de saber que viven en los acantilados y en los pedreros próximos al mar y que se alimentan de mariscos y otras cosas menos marinas, no hay más información, un día en una vieja taberna del barrio de pescadores de Lastres escuché una antigua historia que me dejó atónito.

Un veterano marinero, de negra tez, curtido por los vientos de los cinco mares, narraba entre apurados tragos de vino el motivo de que en la playa del Astillero de Lastres existan dos torres. Sostenía, por habérselo oído a su abuelo, que dichas torres no habían sido construidas para cargar carbón en los antiguos barcos de vapor, sino para defender el pueblo.

Si algún día te acercas por Lastres, un pueblecito marinero del Oriente de Asturias, podrás ver en la proximidad de su playa, como se levantan dos torres gemelas ancladas en medio de la bahía, una de ellas medio en ruinas y la otra en perfecto estado. Cuentan las viejas leyendas que hace muchos años vivía en el pueblo un pescador que decía haberse enamorado de una sirena muy bella, mitad mujer, mitad pez.

Atrapado por sus encantos, noche tras noche zarpaba a la mar, pero no pescaba, ahora, poseído por el amor, dejaba su barca a la deriva y se iba nadando hasta el pedrero para oír el dulce canto de la sirena que suavemente le adormecía.

Una noche, de repente, la sirena dejó de cantar. Él no se explicaba lo sucedido y al tratar de observarla entre las rocas, vio como un extraño ser se la llevaba mar adentro.

La sirena había sido raptada por un Pataricu y llevada a su Isla, situada más allá de Colunga, en dirección a Ribadesella.

En la Isla, el Pataricu tenía a la sirena encerrada en una cueva a la orilla del mar para que con sus cantos y sus lamentos sirviese de cebo para atraer a la costa a marinos y navegantes. Una vez allí, los náufragos eran devorados por la tribu de Los Pataricos. 

Los Pataricos eran unos seres gigantes que medían casi cuatro metros. Tenían forma humana pero sus narices eran muy grandes para poder oler de lejos, pero lo que más destacaba en ellos era que solo poseían un ojo en medio de la frente.

El pescador se volvió loco de pena y se encerró en su casa. No comía, no dormía…no vivía. Un día la pena se tornó en ira y el pescador saltó de su cama, cogió su petate y metió en él una gran cuerda y el arpón de cazar ballenas, que era una de las artes que practicaban los Lastrinos del siglo XVII. Una vez en el puerto se embarcó en su lancha y puso rumbo a la costa de La Isla. No hizo más que atracar en la costa y ya se encontró con el gigante Pataricu, que de un puñado le prendió por la cintura y se le llevó a la boca con la golosa idea de comérselo.

En ese mismo momento, cuando ya iba a devórale, el pescador le propuso una pelea. Hízole tanta gracia al Pataricu aquel reto que aceptó la oferta con la maquiavélica idea de comerle después de haberle hecho mil y un escarnios. Cerrado el trato, acordaron el día y el lugar de la pelea.

Al regresar al pueblo, el pescador se fue para la taberna y allí contó a sus compañeros pescadores lo que le había sucedido. Oída la historia se pusieron de acuerdo con él para poner en marcha un plan de defensa y se fueron todos a la playa para construir un par de torres gemelas, aprovechando la baja mar. Una vez construidas unieron una con la otra con una maroma y en la mitad de la cuerda ataron una barca que quedaba sujeta a ambas torres. Acabados los trabajos, el pescador se subió en la barca con su arpón y esperó tranquilamente a que subiese la marea.

Pasado el mediodía, cuando la marea había subido totalmente y el sol lucía en lo alto del cielo, apareció en el horizonte una gran balsa hecha con troncos, sobre la cual remaba como un poseso el Pataricu rumbo al pueblo. No hizo más que arribar a la bahía, el gigante, cuando el pescador le dijo:

"Sé que eres muy fuerte, muy grande y fiero, pero cierto que no eres más listo que yo. Te reto, antes de comenzar a pelear, a jugar a las adivinanzas. Si gano yo, dejarás libre a la sirena y te irás con los demás Pataricos a un país lejano. Si el que ganase fueras tú, nos comeríais a todo el pueblo.

Otra vez la vanidad y la glotonería del Pataricu fueron su perdición ya que, goloso en donde los haya, aceptó la oferta con la sola idea de zamparse a todo el pueblo.

Y sin más espera comenzó el juego…………………………….

- ¿Qué cosa es que te empuja y no la ves? (preguntó con picardía el pescador)

-El aire (Contestó en Pataricu)

- ¿Qué cosa es que anda y no tiene pies? (preguntó ahora el Pataricu).

Dudó el pescador al verse atrapado, ya que esta adivinanza no le sonaba para nada. Mientras tanto, sus compañeros Lastrinos le gritaban con gran algarabía:" Como no lo sepas te va a cortar la cabeza y luego nos va a matar y a comer a todos"………El silencio se cortaba con un cuchillo…De repente le vino la respuesta a la cabeza y contestó:

_ ¡Vive Dios que eso no es otra cosa que el reloj!

Y así fue pasando el tiempo hasta que el sol comenzó a impactar de frente sobre el Pataricu y a cegar su único ojo. En ese momento rujió el mar y se escuchó un ruido muy grande que hizo dudar al Pataricu. Era su balsa de troncos que con la bajamar quedaba varada en la arena.

Dándose cuenta de la jugada y enfurecido por la burla, el Pataricu empuñó su gran cuchillo, pero ya era tarde ya que, mientras tanto el pescador quedaba colgado en su barca de las torres del Pantalán a las que estaba atado, con lo cual quedaba más alto que el Pataricu. En ese instante el pescador le clavó el arpón ballenero en medio del ojo.

Herido de muerte, se inclinó y quiso apoyarse en una de las torres, pero, como era tan grande y pesaba tanto, se derrumbó sobre la torre rompiéndola en pedazos.

Su sangre brotaba como un río, tiñendo de rojo las limpias aguas de la mar. Poco a poco se le fue llevando la marea, lo que aprovecharon los Lastrinos para amarrarle una gran piedra a los pies para que se quedase en el fondo para siempre.

Al ver a su compañero de aquella traza, los Pataricos se reunieron en "Concejo" y como seres de palabra que eran, liberaron a la sirena y se fueron rumbo a un lejano país, en el que volver a reiniciar sus vidas y, claro está, a conservar su dieta de náufragos. Los gritos de júbilo resonaban por todas partes. Los lugareños celebraban la victoria y la tranquilidad de saber que no acabarían como comida en la mesa de los Pataricos.

De noche cerrada el pescador con su barca puso rumbo al pedrero y partió hacia allá con la idea de volver a escuchar el canto de la sirena, pero, por más que se esforzó, no consiguió oír nada. Ya se volvía cuando, de repente, escuchó una voz muy dulce que le decía:

_ ¡Pescador, pescador que del hechizo me liberaste…….. Era yo aún una niña cuando mi madre, harta de verme todo el día en los acantilados, en busca de cangrejos y nécoras, me echó una maldición, transformándome en casi pez. Hace de esto muchos años, pero hoy tú, con tu amor y tus buenas acciones, me has liberado para siempre, por ello mí vida es tuya.

Aquella hermosa doncella de tez morena y largos cabellos rubios, con ojos color de mar y labios como coral, había cambiado las escamas y la cola por dos esbeltas piernas.

Aquella noche el pescador y la sirena juntaron sus vidas y jamás se volvió a saber más de ellos.

Si algún día pasas por Lastres verás que cerca de su playa hay dos torres: una grande y otra rota. Ahora ya sabes qué fue lo que pasó.