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Carlos V en Tazones

Tazones es una parroquia pesquera situada dentro de concejo de Villaviciosa junto a un grupo de pequeñas aldeas. La leyenda cuenta que su nombre proviene bien de "estacones" haciendo referencia a donde se amarraban las embarcaciones, bien a los tazones de leche que los vecinos del pequeño pueblo ofrecían al rey Carlos V cuando llegó al lugar en 1517.

Un 19 de setiembre de 1517, el joven príncipe Carlos de Habsburgo, que llegaría a ser el emperador Carlos V y el hombre más poderoso de la tierra en aquella época, desembarcó en Tazones con su corte, sin que estuviera previsto y empujado por las malas condiciones de la mar en ese momento. El joven flamenco, hijo de Juana la Loca y Felipe el Hermoso, tuvo un singular recibimiento por parte de aquel humilde pueblo de pescadores que era hace quinientos años esta villa marinera.

Al principio lo confundieron con un pirata…

Una vez identificada su Real presencia todo cambió, y los vecinos se volcaron en atenciones con el joven emperador, que quedó prendado de la hospitalidad de las gentes y la belleza de la tierra a la que había arribado.

Como no había lugar para alojar a tantas gentes nobles, el emperador decidió quedarse en Villaviciosa, donde permaneció durante tres días.

Las crónicas apuntan a que los barcos anclaron frente a Tazones, a media legua según Laurent Vital, autor de una crónica sobre el viaje del monarca. Carlos V comió a bordo y, al anochecer, se embarcó en un bote para pernoctar en tierra. El mayordomo de Cámara del rey, Pierre Boissot, señala Tazones como el lugar del desembarco, para después de la cena desplazarse a Villaviciosa, donde hizo noche. Vital, en cambio, relata que, al ver la humildad del puerto ballenero, decidieron remar hacia Villaviciosa, a dos leguas de distancia. Sea como fuere, Carlos V acabó arribando, siendo ya noche cerrada, a la villa de Maliayo, cuyos habitantes le esperaban, asombrados por las dimensiones de la flota flamenca y temiendo que fuesen turcos o franceses. Carlos V pernoctó, en su primera jornada en tierras españolas, en un palacete maliayés: la Casa de Rodrigo de Hevia. Allí pasó cuatro noches el hijo de Juana "La Loca" y Felipe "El Hermoso", mientras el grueso de su flota ponía rumbo a Santander. El rey pasaría diez días y otras tantas noches en tierras asturianas, un periplo que le serviría para tomar contacto con la realidad de sus nuevas posesiones y con la naturaleza de sus súbditos.

En las jornadas que pasa en Villaviciosa, el rey es agasajado por la nobleza local y recibe todas las atenciones de un pueblo fascinado. Son primero los señores los que acuden a rendir pleitesía al flamenco, al que entregan como presente unas cubas de vino, doce cestos de pan blanco, seis bueyes y veintitrés carneros. Después será el populacho el que improvisará una corrida de toros ante la Casa de los Hevia, para entretener al monarca. Tras cuatro noches en la villa, don Carlos abandonó el lugar y avanzó hacia Colunga. Por el camino, relata Laurent Vital, fueron muchos los que se acercaron a los caminos, "todos bien armados", para ver pasar al rey. Pero fue otra cosa lo que sorprendió a los flamencos en el camino de Colunga: un súbito chaparrón que pilló a la comitiva a menos de una legua de su destino, y que "caló hasta los huesos a la compañía, principalmente a las damas y doncellas que iban a caballo y una parte en carretas descubiertas". Don Carlos se alojó en la mejor casa de Colunga, y su hermana, Leonor, en la de enfrente. "Ciertamente, el mejor de estos alojamientos era muy pobre y desgraciado, como la fortuna que lo ofrecía y no tal como a Su Majestad correspondía, pues el que va por los campos, de un país en otro, está sujeto a alojamientos que pueda encontrar, unas veces buenos, otras muy malos. Así era necesario aceptarlos entonces en aquel país, que es como desierto e inhabitable y muy penoso de pasar y peligroso, no pudiendo un ser tratado más que muy desdichadamente", dejó escrito Laurent Vital.

Por eso este monarca nacido en Gante, y que solo hablaba flamenco, envió a su educando Guillaume de Croy a vigilar al soberano aragonés y a preparar su llegada. Su madre, Juana de Castilla, estaba incapacitada, por lo que el cardenal Cisneros actuó como su regente en Castilla y el arzobispo Alonso en Aragón.