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Portugal

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Cerca de Lisboa hay cuatro líneas costeras muy diferentes: la costa de Oeiras-Estoril-Cascais, la costa de la Serra de Sintra, la Costa da Caparica y la Serra da Arrábida.

Para unos es la Riviera Portuguesa, para otros es la Costa del Sol y los lugareños la conocen como La Marginal. Estamos en una costa de magníficas playas que se extienden desde Santo Amaro, a tan sólo quince kilómetros de Lisboa, hasta Guincho. Los palacetes románticos, las palmeras, las terrazas solariegas y el Casino de Estoril acompañan nuestros paseos al borde del mar que baña este litoral, impregnado de unas fabulosas temperaturas durante todo el año.

Narra la historia que Cascais y Oeiras eran las primeras poblaciones que avistaban los navíos portugueses que entraban en el Tajo en la época de los Descubrimientos, con especias de la India y oro de Brasil. Además, las aguas curativas de la zona fueron destino de burgueses y hacendados desde el siglo XIX y Estoril, después de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en lugar de residencia de monarcas destronados. Por todo ello, hoy en día, la zona no ha perdido su glamur y su aire cosmopolita. Pero está al alcance de todos.

La desembocadura del río Sado nos regala un fabuloso espectáculo. La Reserva Natural del Estuario del Sado se abre al mar y a la tierra creando múltiples zonas pantanosas donde habitan delfines, zorras, cigüeñas, nutrias y aves zancudas. Y todo ello, entre Alcácer do Sal, población famosa por producir arreos de cuero, y la península de Tróia. En tiempos inmemoriales, Alcácer do Sal se caracterizó por la producción de sal, aunque hoy en día poco queda ya de aquello salvo el añadido al topónimo. Sin embargo, al llegar a esta población, que acaricia el río Sado, sí contemplamos vestigios del pasado en su arquitectura, desde el castillo morisco a la iglesia de Santa Maria do Castelo, fundada por la Orden de Santiago a finales del siglo XII. Y eso por no hablar de otros templos, como la iglesia de San Antonio, con su pórtico renacentista, y la de la Asunción, repleta de azulejos del siglo XVII.

Entre medias de los estuarios que dibujan los ríos Tajo y Sado, se levantan con orgullo los castillos y fortalezas de Palmela, Setúbal y Sesimbra, protegiendo con sus elevadas torres el Parque Natural da Arrábida, un verdadero paraíso de la naturaleza y cita obligatoria para los amantes del ala-delta. Los cerros caen con vértigo hacia las playas de la bahía, cuyo extremo occidental es el Cabo Espichel, constantemente agitado por los vientos del Atlántico. 

Parque Natural da Arrábida. En los alrededores de Palmela, los viñedos se erigen en reyes del paisaje: estamos en los dominios del dios Baco. Lord Byron definió en el siglo XIX a Sintra como una creación divina, un glorioso edén. Y no le faltaba razón al poeta inglés ya que la belleza, la magia y el misterio envuelven a esta zona declarada Patrimonio de la Humanidad. Sin embargo, antes de llegar a Sintra, las salvajes aguas del Atlántico acompañan nuestro viaje desde Ericeira al Cabo de Roca, el punto geográfico más occidental del continente europeo. El último lugar donde se pone el sol.

Después de atravesar la Sierra de Malveira, llegamos a Ericeira. Esta villa está consagrada por entero al mar, y buena prueba de ello es su playa de los Pescadores, que rinde tributo a las gentes de la mar. Una enorme pared se levanta en la ensenada, sirviendo para sustentar las casas y recordando aquel día de 1910 en que desde aquí partió, para exiliarse, el último rey portugués.

Entre la playa de los Pescadores y la de los Baños encontramos la fachada verdiblanca del Hotel de Turismo, balneario que fue hito de peregrinaje de la burguesía lisboeta. Después de comer un magnífico arroz de marisco, iniciamos el viaje hacia San Julián. Los molinos de viento nos despiden de Ericeira.

Arropada por siete colinas y abierta al mar por el río Tajo, Lisboa se muestra con todo su esplendor gracias a sus miradores, que son un verdadero regalo para las pupilas de los visitantes. Toda la historia de la ciudad se puede contemplar desde las alturas de estos miradores, incluso, con un poco de imaginación, se sigue oyendo el canto de los fados... Esa luz tan característica de Lisboa mezcla de “saudade” y modernidad, se divisa como en ningún otro sitio. Costa da Caparica, con su extensa playa, es uno de los sitios predilectos por los lisboetas para darse un chapuzón en el mar. Estamos al “otro lado” de la desembocadura del río Tajo; pero la capital está ahí mismo, tan cerca que casi se puede tocar con la palma de la mano. La autovía lleva desde la costa atlántica hasta Almada, antigua tierra de pescadores y marineros que hoy se ha convertido en “ciudad dormitorio” de Lisboa.

El puente 25 de abril es lo único que separa Almada de Lisboa, pero antes de llegar a la capital hay que descubrir también los encantos de Almada. Un paseo por el muelle de Ginjal o un romántico viaje en los “cacilheiros” a través del Tajo permiten disfrutar de unas vistas inolvidables de las colinas de Lisboa, desde la orilla opuesta a la capital.