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El Limia y el mito del río del Olvido

Aunque no destaca por su caudal ni por su longitud, el río Limia gozó de trascendencia internacional durante la Edad Antigua.

Nace en las sierras gallegas del parque natural de la Baixa Limia, pero al cruzar la frontera ya solo fala portugués con cadencia de fado, dando vida a un valle frondoso de pizarras y robles que acompaña las limpias aguas de este río verde, considerado como uno de los mejor conservados del vecino ibérico. Explorar el tramo final de este río entre Ponte de Lima y Viana do Castelo descubre una tierra celta y medieval alejada de los sucedáneos turísticos, donde la historia de sus piedras se muestra sin artificios y los paisajes se riegan con vino verde.

Viana do Castelo es una de las joyas del norte portugués, un antiguo pueblo marinero retocado desde el siglo XVI por la sofisticación arquitectónica manuelina y rococó, que ha llegado al nuevo milenio con el apodo de "la reina del Lima". Cerca de su desembocadura da nombre a la villa de Ponte de Lima. Su puente medieval el más hermoso de Portugal da nombre a esta pequeña ciudad que vive volcada en las orillas de su río: 31 arcos, reconstruidos en el siglo XIV sobre los restos romanos de otro puente que permitió el paso de las legiones romanas hacia la conquista de las tierras celtas, donde se encontrarían los felices “Campos Elíseos”, una especie de Paraíso, pero atravesar sus tranquilas aguas conllevaría perder los recuerdos para siempre (e incluso la vida); pues lo identificaban con el río Lethes (nombre griego), o Flumen Oblivionis –“río del Olvido”–. “Así lo creyeron los soldados de Décimo Junio Bruto cuando llegaron a sus orillas, poniendo una barrera infranqueable a sus ansias de conquista. Pero este valiente general romano decidió cruzar sus aguas para desmentirlo. Según las crónicas, tomó el estandarte de su ejército y atravesó el cauce para, desde la otra orilla, llamar por su nombre a los temerosos soldados demostrando que no había muerto ni perdido la memoria. Una vez franqueada esta frontera fluvial, siguieron su avance por territorios galaicos hasta llegar al Atlántico, donde una puesta de sol les provocó tal temor que les hizo dar la vuelta. La hazaña limiana y su triunfo contra los bracarenses llevó a Bruto a conseguir el sobrenombre de “Galaico” y el título de procónsul de los Lusitanos y Galaicos.

Los romanos, inspirados por la mitología griega, situaban el río Lethes en Galicia porque esta tierra se encontraba en los confines del mundo que ellos conocían. Todo río supone un límite físico, pero el Limia suponía también una frontera mental para los soldados de Roma; la acción de Décimo Junio Bruto rompe el mito en favor de la razón. Otra explicación que se le viene dando desde hace años es la indígena, de influencia celtista; serían los propios castrexos los que infundieron en los romanos este miedo para mantenerse a salvo de la conquista. El paso de la calzada romana de Braga a Astorga tuvo en el encuentro con este río una de sus más bellas leyendas: las primeras legiones romanas que llegaron a estas orillas fueron convencidas por los nativos celtas de que se hallaban ante el río Lete, el mítico "río del olvido" de la mitología griega; si cruzaban sus aguas, olvidarían toda su vida pasada. El engaño duró hasta que en el año 138 antes de Cristo el general Décimo Julio Bruto cruzó las aguas con su caballo y desde la otra orilla fue llamando a sus capitanes para demostrar que no había olvidado sus nombres. En la ribera del Lima, junto a su fabuloso puente y en memoria de la leyenda, un general metálico a caballo llama a sus soldados apostados al otro lado.