Los Vikingos en Luanco

Quizá la riqueza tradicional que posee Luanco se debe a la gran cantidad de pueblos que han pasado por ella. Astures, romanos, visigodos, musulmanes, etc. fueron dejando su impronta para dar forma a lo que hoy se encuentra en las cercanías del Cabo de Peña. Sin embargo, unas gentes guerreras que siempre han causado fascinación, embarcados en sus míticos drakkars, arribaron a las costas de Luanco en busca de sabrosas fortunas que saquear: se trata de los vikingos.

Ese conjunto de pueblos nórdicos llegaron a las costas asturianas en los siglos IX y X con la misión clara de llegar a una tierra inhóspita para ellos como era la Península Ibérica. Querían probar la fuerza que tenía Al Ándalus, conseguir riquezas y de paso ver con sus propios ojos un mar Mediterráneo que veían como un paraíso desconocido donde habitaban las más extrañas criaturas.  Pero para ello, primero tenían que rondar el norte de la Península Ibérica.

Está documentado que los vikingos fueron avistados en julio del año 844 en las aguas que bañaban Luanco y Candás, e incluso llegaron a Gijón donde se abastecieron de agua y provisiones. A pesar del terror que infundían sus incursiones, no saquearon ninguna población asturiana según los documentos existentes.

Pero ¿por qué los vikingos no atacaron Asturias? Es un verdadero enigma histórico. Es más, según cuenta una vieja leyenda de Cudillero, los nórdicos se emparentaron con los asturianos, fusionándose y casándose con los asturianos. El mejor ejemplo se encuentra en la figura de Félix Agelaci, un personaje prácticamente olvidado y del que pocos datos se han conservado.

Félix Agelaci fue un noble que nació en las cercanías de Luanco, en el concejo de Gozón. Solo se sabe de él que no estuvo de acuerdo con cómo Alfonso V de León gestionaba las tierras asturianas. Su disconformidad fue en aumento y provocó que el rey lo exiliara. Félix Agelaci, despojado de sus bienes, tiene que buscarse la vida en tierras lejanas, pero será adoptado por los normandos, que tendrían alguna relación desconocida con los asturianos desde hace siglos.

Los normandos amparan a Agelaci, que se convierte en un rebelde para los leoneses. Esta consideración, en un alarde caballeresco al estilo cidiano, no preocupa al bueno de Félix, que lleva en su corazón a su territorio natal, aunque sea repudiado allí. La situación dará un vuelco cuando los normandos se vuelven a plantear el saqueo del norte de la Península Ibérica. En el momento que comienzan los preparativos para asaltar el norte peninsular, Félix Agelaci recuerda los bellos parajes cercanos a Luanco que lo vieron nacer y crecer, sintiendo un profundo desasosiego. Esa nostalgia hará que se mueva con el objetivo de parar toda expedición que pudiera destruir a sus gentes. Finalmente, Félix Agelaci consigue frenar la campaña marítima y, consciente de la hazaña, Alfonso V de León le perdona y devuelve su título. El que había sido tachado de rebelde volvía a sus tierras de Gozón, cargado de experiencias vividas durante su exilio con unos pueblos que han sido admirados, denostados y temidos a la vez.

Hablar del Cantábrico es hablar de la historia de la pesca y navegación de los pueblos del norte de la Península. Una cultura y un modo de vida que custodia el decano de los museos asturianos.

El 5 de febrero de 1776, el cielo se desplomó sobre Luanco. Un viento frío y fuerte del noroeste se precipitó de pronto sobre la localidad. En el mar, quince embarcaciones de la villa, que habían salido a faenar con doscientos veinticinco hombres a bordo, se extravían junto a otras cinco del vecino concejo de Pravia. Nadie recuerda una galerna tan brutal, tan feroz y despiadada... desde muchos años. La desesperación y el terror domina a los que desde tierra dirigen sus ojos al horizonte. Las mujeres y los niños, cuenta la tradición, acuden a la parroquia e imploran el regreso de los marinos ante la figura del Santo Cristo del Socorro. El tiempo pasa sin novedades. Pero al final, de manera “milagrosa”, las veinte embarcaciones acaban arribando al puerto. Una a una, con todos los tripulantes a salvo.

Todo el concejo asturiano de Gozón (su capital, Luanco, cuenta hoy con casi 6.000 habitantes) recuerda aún el episodio. El Santo Cristo del Socorro sustituyó a la Virgen del Rosario como patrón del gremio de pescadores. Y la conmemoración del milagro, cada 5 de febrero, se convirtió en la fiesta más importante de Luanco y alrededores. La cita rinde homenaje a los pescadores jubilados y fallecidos en naufragios –“¡Venid aquí, hijos todos del mar!”, dice la primera estrofa del himno que cantan los luanquinos– y exalta las esencias marineras de una región que durante siglos ha vivido por y para el mar. A cinco kilómetros de la parte más septentrional de la Península y de los impresionantes arrecifes del cabo Peñas.