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El Roncudo

Cuando uno llega por primera vez al pueblo de Corme se da cuenta de lo que significa la morriña gallega. Se respira en el aire y luego se siente en la piel. Es como descubrir un sentimiento de pertenencia que no creías tener. Supongo que tiene que ver con el silencio, incluso con la complaciente soledad que inunda a este adorable pueblecito pesquero; pero, sobre todo, tiene una relación directa y misteriosa con la mar (así la llaman los marineros; porque la mar tiene el mismo espíritu misterioso de las mujeres): el sonido de las olas al romper entre los arrecifes, las gaviotas graznando suspendidas sobre el viento y ese olor tan peculiar a marisco que inunda la atmósfera. Por eso, cuando uno ha entrado en Corme, ya no se puede escapar, aunque luego se vaya a la otra parte del mundo.

Porque aquí todo gira alrededor del admirado percebe, un crustáceo raro – parece un muñón - huidizo, casi ermitaño, que se esconde en las zonas más inaccesibles de la Costa da Morte. El poderoso oleaje y las rocas afiladas le protegen y le dan vida. A lo largo de la historia muchas mujeres y hombres han muerto en la peligrosa tarea de encontrar el más hermoso, el más sabroso. De hecho, varias cruces se han clavado a lo largo de la costa en recuerdo a los valientes percebeiros que perecieron en el intento.

Hablan los entendidos de que el percebe más apreciado del planeta se encuentra en cabo Roncudo, un faro a poca distancia de la aldea. Es un lugar sacado de un sueño. Acantilados de granito y cuarzo con formas y colores indescriptibles que cuelgan sobre el Atlántico. Una carretera sinuosa, casi siempre envuelta en neblina, nos lleva hasta allí. La mar en estado puro. Hoy el día ha amanecido con el cielo revuelto. La cofradía de percebeiras de este municipio es una de las más famosas de Galicia porque sus trabajadoras suelen faenar -pescar el marisco en las rocas, como se conoce en la jerga- en el Cabo Roncudo, dice Carmen Suárez, patrona mayor de las percebeiras, el mejor marisco anida donde el mar bate con más fuerza.

En Galicia, actualmente, un 85% de los mariscadores son mujeres: casi un 80% de ellas supera los 40 años, según el censo elaborado por la Xunta. Pero antes de explicar en qué consiste la labor, es necesario diferenciar entre las mariscadoras de playa y las de percebe. "Las de playa baten la arena de la playa buscando almejas, berberechos y navajas; ellas sufren mucho de espalda. Aquí (en referencia a las de percebe) hace falta mucha pierna". El marisqueo del percebe es especialmente peligroso. En Cabo Roncudo hay cruces en memoria de quienes fallecieron en el mar. "Aquí es muy fácil resbalarte cuando llueve. Un mal golpe... y se acabó. Eso o te coge una ola y te arrastra para dentro”, cuenta la patrona mayor de las percebeiras de Corme, Carmen Suárez.

Son las once en punto. A las once y veinte, esta percebeira debe estar preparada para su jornada de trabajo: los biólogos han calculado que en ese momento exacto es cuando la marea comienza a bajar. A partir de entonces tiene dos horas y media para recolectar cinco kilos de percebes. Una hora y media desde que la marea empieza a bajar y otra hora hasta que sube de nuevo.

Desde lo alto del sendero, que son unos 300 metros en pendiente, se puede ver a varias percebeiras faenando. Están desperdigadas por las piedras, como si el mar las hubiese lanzado con el oleaje y hubiesen salpicado las rocas. Diciembre es uno de los meses en los que más se trabaja, precisamente porque es cuando la demanda aumenta. "En teoría trabajamos todo el año, pero claro, hay meses en los que por cómo está la marea apenas puedes ir a faenar; y también hay que dejar que los percebes vuelvan a crecer". Cada día son cinco kilos; cada uno de ellos podrá subastarlos a entre 150 y 200 euros. "Piensa que un kilo el resto del año lo puedes vender a entre 20 y 50 euros; ahora, cuanto más nos acercamos a Navidades, más se encarece. Si tienes un buen género, en esta época puedes vender el kilo al triple o cuádruple".

Cuando acaba de trabajar, procede a limpiar los manojos de percebes; después carga lo que ha pescado en la furgoneta. Pero su jornada de trabajo no ha terminado: a las dos de la madrugada, y vuelve a echarse a la carretera y conducen hasta la lonja de A Coruña, donde tienen que estar a las tres o cuatro de la madrugada para la venta. De la ganancia que obtiene, ha de pagar su cuota de autónoma y un porcentaje a la cofradía de la que forma parte. "Yo nunca he sido mariscadora furtiva", dice. Carmen Suárez asegura que uno de los mayores problemas de la zona ha sido quienes mariscaban de manera furtiva, expoliando el medio marino: "Muchos lo hacían no solo para venderlo en lonjas, sino para vendérselo a la gente del pueblo. Yo siempre digo que la culpa es de ambas partes".