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Carteia, la San Roque Romana

El Enclave de Carteia (S.VII a.C.) incluye restos de época fenicia, cartaginés, romano, visigodo, bizantino, árabe y cristiano. Esta antigua ciudad fue la más importante del Campo de Gibraltar y se convirtió en la primera Colonia Latina fuera de Italia en 171 a.C.

En el término municipal de San Roque, en el interior de la Bahía de Algeciras, ocupando un emplazamiento perfecto desde el punto de vista estratégico, junto al Peñón de Gibraltar, en relación a las rutas comerciales que se aventuraban desde el humanizado Mar Mediterráneo al desconocido mar exterior (Océano Atlántico), en una ensenada que permitía el amparo de una flota; se encuentran los restos de una importante ciudad que adquirió un protagonismo relevante en determinadas etapas de la Antigüedad, sobre todo bajo los primeros momentos de la supremacía de Roma.

Carteia destacó por su tradición conservera. ¡Así es! Los restos de una de las factorías de salazones de la ciudad están muy cerca del búnker. Se encontraba fuera de las murallas de la ciudad, junto a la playa de Guadarranque. Desde luego, no cuesta mucho imaginar los barcos llegando a la costa para descargar atunes, caballas, melvas, bonitos… Estos pescados, –los túnidos, como les llaman los naturalistas– eran un manjar muy apreciado en la época. Lo primero que se hacía con ellos era sacarles las vísceras, y luego se colocaban en capas alternas de sal dentro de las piletas de salazón. Aquí también se producía el garum, una salsa de pescado muy apreciada en el Imperio por su calidad. Una vez elaboradas, las salazones se envasaban en ánforas y ya estaban listas para la venta. Plinio el Viejo, en el siglo I d.C., nos habla de un pulpo enorme que acostumbraba a salir del mar y asolaba las factorías de salazones de Carteia.

Cuenta que en los viveros de Carteia había un pulpo que acostumbraba a salir de la mar y acercarse a los viveros abiertos, arrasando las salazones..., lo que excitaba la indignación inmoderada de los guardianes por sus hurtos continuos. Unas cercas protegían el lugar, pero las superaba trepando por un árbol; no se le pudo descubrir sino por la sagacidad de los perros, que lo vieron una noche cuando regresaba al mar. Despertados los guardianes, quedaron asombrados ante el espectáculo, en primer lugar, por la magnitud del pulpo, que era enorme; luego porque estaba por entero untado de salmuera, despidiendo un insoportable hedor... Hizo huir a los perros con su aliento terrible, azotándolos unas veces con los extremos de los tentáculos o golpeándolos con los fortísimos brazos, utilizados a modo de clavas. Con trabajo se le pudo matar a fuerza de tridentes. Se mostró a Lucullus su cabeza, que tenía el tamaño de una tinaja capaz de contener quince ánforas; repitiendo las expresiones del mismo Trebius diré que sus barbas difícilmente podían abarcarse con ambos brazos y que eran nudosas como clavas, teniendo una longitud de treinta pies. Sus ventosas eran como orzas, semejantes a un lebrillo; los dientes eran de la misma proporción. El resto del cuerpo, que fue guardado por curiosidad, pesaba setecientas libras. El mismo autor asegura que en estas playas el mar arroja también sepias y calamares de la misma magnitud.»