La Sierra minera de Cartagena-La Unión, así como la Sierra de Mazarrón fueron intensamente explotadas por sus minas de plata y plomo y otros minerales desde la antigüedad. El control sobre estos recursos mineros fue una de las principales causas del establecimiento de los cartagineses en el sur de España y de la posterior ocupación romana. La prosperidad generada por la minería hizo de la ciudad de Carthago Nova, actual Cartagena, una de las más florecientes de la Hispania romana.

Carthago Nova se constituyó en el centro económico de la minería, no sólo de las cercanas explotaciones de la sierra de Cartagena-La Unión, sino también de las de Mazarrón y Águilas. Durante el siglo I comenzaron a darse los primeros atisbos de agotamiento de la actividad minera. La menor rentabilidad hizo que el estado romano abandonase la explotación directa de las minas y las arrendase a particulares o a grandes sociedades privadas. Rápidamente, Carthago entró en declive.

Con la revolución industrial, un nuevo boom de la minería da comienzo. En el siglo XIX, las nuevas tecnologías industriales permitieron hacer de nuevo rentable la producción de mineral. Hacia 1850 había en Cartagena treinta y ocho fábricas de fundición de plata. Durante el siglo XIX, la producción de plomo y zinc de las minas de Cartagena y La Unión constituyó el grueso de la producción nacional.

Con la riqueza generada por la actividad minera se gestó en Cartagena una poderosa burguesía enriquecida que invirtió sus ingentes fortunas en lujosas casas y palacetes de estilo modernista. Este nuevo estilo arquitectónico cambió por completo la fisonomía urbana tanto de la ciudad de Cartagena como de La Unión.

A principios del siglo XX, este apogeo dorado del sector minero en Cartagena comenzó a descender súbitamente por la aparición de fuertes competidores en el mercado internacional, desapareciendo la actividad minera casi por completo.

Los problemas medioambientales de la sierra minera se agravaron muy especialmente cuando, a partir de 1952, la empresa Peñarroya generalizó la apertura de explotaciones a cielo abierto, mucho más económicas que las minas subterráneas, pero que provoca graves problemas medioambientales por la pérdida de suelo y la generación inmensos movimientos de tierras.

Estas prácticas causaron la desaparición de una importantísima extensión de terreno convertido ahora en una zona estéril, así como la pérdida de numerosos hábitats y especies.

Pero aquí no acaba el desastre. El mayor de los problemas vino de la eliminación de las ingentes cantidades de estériles o residuos de la minería, que en forma de fangos eran vertidos directamente al mar en la bahía de Portmán.

Los vertidos, de hasta 7.000 toneladas diarias de residuos mineros, contenían una alta concentración de metales pesados, así como productos muy tóxicos usados en el lavado del mineral.

Todo ello ha dejado el paisaje por todos conocido de la Bahía de Portman, completamente tapada y adentrándose en el mar cientos de metros.

En 1990, debido en parte a la presión vecinal y ecologista y, también a la baja rentabilidad de la producción minera, se produjo el cese definitivo de la explotación de las minas. Muchos son los años de promesas de una solución para la regeneración de la Bahía de Portmán.

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