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Ons burato do Inferno

No es la primera vez que oímos hablar de la entrada al mundo de los muertos, pero tal vez sí la primera que sepamos dónde está. O al menos eso dice una de las leyendas de Ons. Se trata de un agujero de 5 metros de diámetro y 40 de profundidad, desde donde se pueden escuchar los lamentos de las almas que sufren tormento en el Fuego Eterno, especialmente en tiempos de tempestad, cuando el mar penetra por esta cavidad. Por eso ha recibido el nombre de Buraco do Inferno. ¿Su localización? La isla de Ons. Puede que no sea la única entrada posible o que haya explicación para los lamentos que se escuchan, pero nada mejor que acércanos a echar un vistazo para comprobar la verdad.

Estratégicamente situada, protege la ría de Pontevedra de los fuertes vientos y oleajes atlánticos. Hasta que fue expropiada por el Estado en el año 1940, la evolución de este pedazo de tierra de seis kilómetros de largo por menos de 1,5 km de ancho nos ofrece un rico pasado cuyos orígenes se remontan al Paleolítico.

El recorrido histórico nos lleva a conocer los restos de castros que aún perviven, restos romanos, reyes medievales y obispos, batallas y asedios germanos, godos, normandos, piratas… Mucho donde elegir. ¿Dónde detenemos la máquina del tiempo? En su descripción de la Península Ibérica, Plinio el Viejo, en el siglo I, ya habla de ella: Es la primera referencia histórica a la isla de Aunios o Aones que tenemos documentada.

Habitada desde la Edad del Bronce, los primeros indicios apuntan a asentamientos de la cultura castreña, de los que el más conocido, aún sin excavar y abandonado, se le conoce como Castelo dos Mouros. Del otro castro, conocido como Cova da Loba, no quedan más que restos de cerámica, baldosas y conchas.

Además de castro, en la isla pontevedresa de Ons se han descubierto antiquísimos petroglifos, que certifican la presencia de comunidades humanas anteriores, que quizá habitaron el lugar entre los siglos IV a.C. y II de nuestra era. Los grabados presentan formas de cazoletas, círculos concéntricos y otros motivos, muy deteriorados por el paso del tiempo. Pero hasta la Edad Media no se menciona el archipiélago de Ons con más frecuencia. En el año 899 aparece escrito en la donación de la isla que realiza el rey Alfonso III al obispo de compostelano, y cuyo Cabildo pasa a tener posesión hasta el s. XVI.

Entre 1115 y 1116, justo después de la muerte de Alfonso VI, el último rey de Galicia, los piratas sarracenos utilizaron Ons y otras islas gallegas como base para sus incursiones en la costa. Estas incursiones, y también las razzias de los vikingos llegados del norte terminaron por despoblar la isla Ons durante años.

En 1929 Manuel Riobó compró el archipiélago de Ons, y ocupó la fábrica de salazón para construir un secadero de congrio y pulpo y comercializarlo. El heredero se suicidó por sus ideas republicanas en el comienzo de la Guerra Civil y dejó la isla de Ons sin gestión directa. El gobierno franquista -en aras de la defensa nacional- expropió las islas en 1940 con la intención de instalar una base de submarinos, que nunca llegaría a constituirse. A la guerra le siguió la hambruna, acentuada por la propia situación geográfica y socioeconómica de la isla; sin embargo, la población no dejó de crecer (en 1955 Ons llegó a tener censados 530 habitantes). En este periodo se dota a la isla de escuelas e iglesia.

Al suroeste de la Isla de Ons se halla un paraje natural bien conocido como O Burato do Inferno. Llegar al Burato es asomarnos al mar abierto desde lo alto de la isla y observar un murete de piedra que nos protege de caer en tan impresionante agujero. Son algo así como 80 metros de profundidad, con paredes graníticas y en contacto con el mar mediante un espacio alargado, como si se tratase de una cueva, denominado furna. Dado que el techo o bóveda de esa cavidad se compone de derrubios antiguos de ladera, los geólogos concluyen que la historia de este lugar es mucho más antigua de lo que se creía. Hace entre 74.000 y 128.000 años, en el período Eemiense, de la etapa interglacial, la línea de costa estaba muy próxima a la actual, con furnas como la que nos ocupa, debidas a las fracturas del macizo rocoso. En la fase climática siguiente, la etapa Würm provocó la modificación de la línea de costa pues los acantilados se fueron recubriendo de derrubios de ladera. Y es ahora, en la actual etapa interglacial, el Holoceno, cuando el mar subió de nivel descubriendo sus aguas las viejas furnas. En Ons, el efecto del mar hizo que se derribara parte del techo de la furna quedando a la vista un gigantesco pozo conocido por el Burato do Inferno. En la antigüedad, habitantes y visitantes de la isla de Ons pensaban que esta sima bajaba hasta el mismísimo averno. En los días de tormenta, decían, se escuchaban los llantos y voces de las almas que purgaban sus penas. Evidentemente, se trataba del estruendo, ampliado y distorsionado, que provocaban las olas al entrar en la cavidad. Aunque hay quien piensa que

de este agujero salen, cada noche, esas comitivas de difuntos que luego desfilarán por los bosques y aldeas diseminados por toda Galicia: La Santa Compaña. Igualmente se dice que su boca está vigilada, por un toro de cuernos de oro. Dentro de este agujero o pozo natural la circulación del agua por entre las fracturas provoca,  lo que se conoce como "leche de luna", que es una sustancia de color blanquecino que, en siglos pretéritos, se utilizaba para la cura de fiebres e, incluso, como cosmético. La impresión al asomarse es de vértigo pues el pozo no deja de impresionar. En medio de la nada, con el mar abajo, las gaviotas que sobrevuelan la isla, una cruz blanca en una roca y al fondo, la isla de Onza. El paisaje es impresionante.

Tratándose de una isla reducida, ello influyó también en la particular cultura de su pueblo. Esto nos habla de una cultura popular muy interesante dado el aislamiento natural en que vivían los isleños. Ons, a diferencia de otras islas del parque nacional, es un precioso laboratorio antropológico dado que estuvo poblada y aún vive gente en ella. El tener al médico en el continente obligó a los lugareños a desarrollar la medicina popular.

Esta cultura de Ons conserva leyendas, empezando por la de la Santa Compaña, que aquí tiene su acomodo particular. Se creía que, si una mujer embarazada comía percebes y le saltaba el agua del percebe a la cara, el bebé tendría una mancha en la cara en forma de uña del percebe. Quien mirase mal a otro vecino, iba a Beluso a por un sapo en cuya boca le pone un trozo de ropa de esa persona. Mientras el batracio no soltase la tela de su boca, el vecino andaría doliente. Es la riqueza de esta ínsula tan humanizada y con tanta historia.