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Tambo

Tambo

La Isla de Tambo está situada en la parte interna de la ría de Pontevedra, en el ombligo de la ría, entre las poblaciones de Combarro y Marín.

El origen del nombre de la isla no está muy claro. Según Sarmiento viene de Thalavo (así aparece reflejado en un documento de donación de 1105 de la Isla del Conde Don Ramón). En otra donación de 1116, esta vez a cargo de la mismísima Doña Urraca, aparece como Tanavo. Hay quien opina que viene de Talamón, en honor al padre de Teucro, Telamón. Teucro era un héroe troyano, de la mitología griega, que según cuentan algunas leyendas fue el fundador de la ciudad de Pontevedra (en la fachada del ayuntamiento de Pontevedra hay una inscripción que dice “te fundó el valiente Teucro…”). Otras opiniones relacionan el nombre de Tambo con tumba o túmulo, por su forma de piramidal, que recuerda a una edificación funeraria.

Tambo tiene un pasado muy rico en historias: fue habitada por ermitaños y monjes benedictinos, atacada por piratas, usada como cárcel, propiedad del político Montero Ríos, lugar de aislamiento para enfermos en cuarentena, y propiedad del ejército. En la actualidad pertenece al Concello de Poio, aunque su acceso está administrado por la Escuela Naval Militar de Marín, consecuencia de su antiguo origen militar.

La isla cuenta incluso con su propia leyenda, la de Santa Trahamunda, era una monja que vivía en el convento de San Martiño de la isla de Tambo.

Nada más llegar la primavera del año 713, Mugith se trasladó a Galicia, portando la orden califal de Córdoba de que tanto Ibn Nusayr como Tariq debían regresar de inmediato a Córdoba para dar cumplida cuenta en persona al califa. Ibn Nusayr se internó por tierras gallegas en dirección al mar, obligando a los naturales del lugar a refugiarse en las montañas gallegas. Cuando los moros se internaron por Galicia una de las cosas que solían llevarse eran las mujeres hermosas para los harenes. Y prendado de la monja Trahamunda se la llevó consigo.

Trahamunda, que era joven y bellísima, fue llevada a Córdoba, y allí intentaron que renunciara a su fe, pero ella se negó una y otra vez. Por lo que fue torturada y encarcelada.

La encerraron en una celda durante varios años y la saudade o morriña fue apoderándose de ella cada vez más hasta que en la víspera de la noche de San Juan -tan celebrada en Galicia- fue invadida por un intenso sentimiento, una especie de dulce angustia de estar en su tierra con los suyos.

Se paso todo el día rezando y rogando tanto al cielo, como a su santo San Juan que le permitiese ir a pasar la noche, aunque fuese la última a su ansiado pueblo Poio (hoy San Juan de Poyo – San Xoan de Poio).

En su mazmorra al atardecer apareció un ángel que le dio una rama de palma, con la que viajó a Galicia transportada por el mismo ángel. Más tarde, plantó la palma cerca del que hoy es el monasterio de Poyo donde germinó y se mantuvo hasta el siglo XVI. Y así pudo gozar de los fastos de la jornada y allí pasó devotamente el resto de sus días y al fin, allí fue enterrada.

Las gentes cuando supieron del prodigio comenzaron a rendirle culto y dicen que encomendándose a ella se hace más dulce y menos agobiante el sentirse lejos, de su tierra, o sea saudoso o morriñoso.

Los lazaretos eran edificaciones en las que debían parar los barcos que venían de Tierras exóticas, con posibles enfermedades contagiosas, y donde se dejaban en cuarentena tanto a personas como a mercancías.

El lazareto de Tambo funcionó desde 1865 hasta 1879, año en el que fue clausurado por protestas de los habitantes de Pontevedra, que temían el contagio de las enfermedades tropicales que podían llegar en los barcos, con la relación que en el siglo XIX mantenía la Península con Cuba, «una provincia más de España».

- ¿Cuál era el tráfico principal con la isla? -Se exportaba, sobre todo, harina del Cantábrico. Salían de Santander y solían recalar en A Coruña. Luego había todo lo del mineral de hierro de Bilbao; de A Coruña y Vigo salía el correo y productos del país, como vino del Ribeiro, patatas o cebollas y mucha salazón; de Canarias, productos del campo; de Cataluña, los textiles... Y de allí nos traíamos azúcar, sobre todo, pero también café, madera de cedro... Se habla del Líbano, pero la isla era un verdadero vergel de cedro. También cobre viejo por la cantidad de accidentes que había era de los forros de los barcos que naufragaban.

- ¿Es en este punto donde surge la importancia de Tambo? -Sí. Se ha menospreciado el lazareto de Tambo, en Poio, frente al de San Simón, pero en la prensa cubana, sobre todo en el Diario de la Marina, encontramos referencias muy puntuales que, en lugar de San Simón, ofrecían Tambo para las cuarentenas. Posiblemente fuera por el precio, pero aún no lo tenemos muy claro. Encontramos un movimiento que hasta este momento nadie lo había estudiado.

-Entiendo que son los buques que transportaban personas. -No solo, porque la mercancía también tenía que pasar la cuarentena, pero los que iban a La Habana la pasaban también. De hecho, cuando publiqué mi primer libro, Recordando a Thalavo, hacía referencia a un buque de guerra, creo que era el Santa Isabel, que transportaba durante la Guerra de Cuba alrededor de 1.300 personas y hubo que meterlas en la isla de Tambo.