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El cíclope de Cabo Vilán

Actualizado: 20 ago

Es quizás un gigante poderoso que mirándonos está, con un ojo resplandeciente que alumbra en la azul inmensidad…

Bien lo veo, entre la niebla, allá lejos, brillantes rayos; yo bien veo entre la niebla su ojo constante parpadear…

Es un cíclope soberbio que alumbra a los que por el agua van, es un cíclope soberbio que irradia en el monte de Vilán.

“Hay un lapsus en el Génesis. Y es que no dice cuándo fueron concebidos los faros. Son obra humana, pero pertenecen a un orden especial de la naturaleza, como los barcos.

Por muy prodigiosas o grandiosas que sean otras construcciones, no hay arquitectura comparable. Los faros son seres vivos. Más que formar parte del paisaje, lo crean”

Es precisamente el viento quien ha esculpido los templos de la naturaleza en las rocas, el que ha enfurecido en innumerables temporales y el que, en la serenidad de la contemplación, desplaza, una vez más, el rumor de los naufragios. La altitud de Cabo Vilán nos eleva el espíritu soñador, en la confortable quietud de quien se siente un druida celta divagando sobre el futuro de la tribu.

Como él, nosotros también nos elevamos. Desde esas alturas de los acantilados todo es infinito. Y volamos. Nos elevamos hasta el extremo más alto del faro y nos lanzamos junto a las gaviotas para rozar las nubes, planeando con las alas de espuma desplegadas sobre los acantilados, revoloteando sobre los dibujos imposibles de los cabos, los promontorios, los arenales y las ensenadas, los islotes rodeados de sosiego, las inmensidades del mar que nos trasladan a vista de pájaro sobre Camariñas.

Es casi obligado hacer un alto en la aventura para disfrutar de la quietud y, luego sí, lanzarse a la empinada carrera, durante cinco kilómetros, hacia Cabo Vilán, atravesando un paisaje que en 1933 fue declarado Sitio Natural de Interés Nacional. Allí se sitúa un olimpo que el hombre comparte con el vuelo de las gaviotas y las aves que pueblan las islas Vilán da Terra y Vilán da Fora. A más de ochenta metros sobre el nivel del mar, el faro eleva el espíritu muy por encima de lo explicable, envuelto en brisas y ahogando la vista en la inmensidad del océano profundamente azul.

Cuentan en Camariñas que una joven subió el peñasco de 120 metros sobre el que se levanta este faro, sintiendo que la llovizna que caía se asemejaba a sus lágrimas. Una vez en la torre de luz, arrojó un encaje, regalo de su infiel pareja, y contempló cómo se deslizaba siguiendo la danza del viento hacia la rabia con la que se chocaban las olas contra los acantilados.

Al fondo, bajo la inmensidad del cielo, trajinaba el parque eólico local. De repente, apareció el viejo farero, quien se ofreció a confortar a la muchacha. Atravesaron el túnel que llevaba a su vivienda mientras él hablaba de cómo su faro había salvado a múltiples barcos de la cólera de la Costa da Morte con sus más de 50 km divisables de resplandor. Sin embargo, se dio cuenta de que su acompañante no le escuchaba apenas. Entonces, decidió llevarla al contiguo museo del Faro donde repasaron el material sobre naufragios. La joven entendió en ese momento que aún tenía vida que aprovechar, allí, en uno de los mejores paisajes del mundo.