• disanti

La Isla de Salvora


Nos remontamos hasta el Medievo para entender los orígenes de la Isla de Sálvora, un tiempo en el que tanto el clero como la nobleza, los habitantes de la cercana localidad de Carreira y hasta los piratas se disputaban el dominio de la isla.

Los primeros registros históricos se remontan a la Edad del Bronce, existiendo constancia de la presencia romana. En el 899 el rey Alfonso II donó Sálvora al cabildo de Santiago de Compostela. Sin embargo, como el rendimiento que le sacaban era bien poco, a finales del siglo XVI decidieron entregarla a la familia Mariño. Ya se sabe que la iglesia nunca dio nada gratis y, según se cuenta, fue a cambio de ciertos favores.

En el siglo XVI el mayorazgo de Sálvora pasó a Marcos Fandiño Mariño, patriarca de la familia Otero-Goyanes, cuyos miembros administraron durante largo tiempo la isla bajo un estricto régimen feudal.

En aquella época llegaron los primeros colonos para cultivar las tierras del señorío, estableciéndose una aldea que llegó a albergar 60 vecinos. Su economía de subsistencia se basaba en la agricultura y la pesca, debiendo entregar a los amos la mitad de los cultivos y del ganado nacido en la isla.

En 1770, el coruñés Jerónimo de Hijosa construyó una fábrica de salazón de pescado, en un edificio convertido en pazo y hoy llamado O Almacén. La isla fue expropiada en 1904, aunque los Otero-Goyanes litigaron hasta recuperarla en 1958. La familia hizo lo que quiso, convirtiéndola en patio particular de su recreo y coto privado de caza, introduciendo especies tan extrañas como ciervos y jabalíes.

La presión de la familia para recibir impuestos de los colonos, en un intento de perpetuar el régimen medieval, hizo que el último habitante abandonase la isla en 1972, quedando deshabitada excepto por los fareros, que permanecieron hasta 1997.

Cuenta la leyenda que un caballero francés abandonó su patria en búsqueda de un retiro donde terminar tranquilo sus días, cuentan que podría ser el caballero Roldán, que no habría muerto en Roncesvalles si no que se retiró a esta pequeña isla en busca del descanso de sus batallas.

Una mañana paseando en su caballo este personaje divisó a lo lejos y en la playa el cuerpo de una mujer, a medida que se acercaba a ella, nuestro caballero comenzó a distinguir los rasgos de la dama: joven y hermosa, pero al llegar a su lado descubrió con sorpresa que se trataba de una sirena. Ensimismado por la belleza de la sirena, sin mediar palabra, la subió a lomos de su caballo y la llevó a su morada.

Roldán decidió entonces quitarle una a una y con sus propias manos las escamas a la sirena, ensimismado por su belleza, Roldán llevó a la sirena a su lecho.

A la mañana siguiente Roldán reparó en que no conocía el nombre de la bella sirena, preguntó entonces su nombre, pero ella fue incapaz de responder, la bella sirena era incapaz de articular palabra. Roldán estaba enamorado de esa mujer de la que solo sabía que había llegado del mar… Roldán la bautizó con el nombre de Mariña.

Roldán y Mariña pasaron sus días felices, pero por más que lo intentaba Mariña no era capaz de emitir ninguna palabra. El culmen de su felicidad llegó con la llegada de su primer hijo. Una noche, la noche de San Juan los allí congregados cantaban y bailan alrededor de la hoguera, mientras Mariña sonreía y mecía en brazos a su pequeño. Roldán se acercó a Mariña, tomó a su hijo en brazos y se dirigió hacia la hoguera para cumplir la costumbre de saltarla y así purificarse, Mariña, mujer venida del mar, sirena antes de mujer, desconocía dicha tradición, pensó que su marido había perdido la razón y quería deshacerse de su vástago, en ese momento, Mariña gritó:

¡Hijo!

Desde ese momento, Mariña pudo hablar con normalidad y la felicidad de la pareja fue plena. Después de aquello, juntos criaron a varios retoños hasta la muerte del caballero en combate. En ese momento, la sirena de Sálvora decidió regresar al mar, no sin antes lanzar una advertencia:

Cada generación descendiente de su hijo debía renunciar a uno de sus retoños y entregárselo a ella al mar. Por supuesto, el niño debería tener los ojos azules. A partir de aquí se mezcla la leyenda con historias de esta zona, así se habla por ejemplo de personas de ojos azules, cuyo apellido era Mariño desaparecidas en el mar por esta zona de la costa. Otras historias dicen que algunas gaviotas que tienen los ojos azules son reencarnaciones de los desaparecidos…….