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Mi Salvora
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Aquella mañana, desde el puerto de Aguiño subí al barco con la ilusión de quien sabe que al otro lado del mar le espera un lugar diferente. 
El barco comenzó a separarse poco a poco del muelle. Aguiño quedaba atrás y mientras la estela blanca se dibujaba sobre las aguas de la ría de Arousa, la costa empezaba a hacerse pequeña.
Frente a mí aparecía Sálvora. Al poner los pies en tierra, el ruido del motor desapareció y quedó únicamente el sonido del viento y las olas.
Frente al embarcadero apareció uno de los símbolos de Sálvora: la escultura de la sirena.
Continué mi recorrido por el sendero que conduce hacia el faro que allí estaba, firme frente al Atlántico, como un guardián silencioso de la isla.
Al despegar, el dron ascendió rápidamente, ganando metros sobre la costa indómita. A través de la pantalla de control, el paisaje cobró una vida totalmente distinta: la torre blanca del faro, erigida sobre la piedra desnuda, destacaba como un centinela solitario que llevaba muchos años contemplando el paso de los barcos. Desde su atalaya había visto amaneceres, temporales, nieblas y noches en las que el mar parecía fundirse con el cielo.
Mientras mi dron lo rodeaba, imaginé que el faro podía recordar cada barco que había pasado frente a la isla.
—No temas —parecía decir su luz—. Mientras yo permanezca aquí, ningún navegante estará completamente solo.
La cámara se elevó todavía más. Desde aquella perspectiva, el faro parecía diminuto frente a la inmensidad del océano, pero su presencia seguía imponiéndose sobre el paisaje.
Giré la cámara levemente inclinándola hacia abajo. En una sola toma continua, el dron comenzó a orbitar la estructura. Desde esa perspectiva de pájaro, se apreciaba la verdadera fiereza del lugar: la pequeña edificación que resguardaba a los antiguos fareros parecía una miniatura ante la inmensidad del océano. Las olas rompían con furia, levantando estelas de agua salada que el objetivo del dron captó como si fueran polvo de diamante al tragarse los primeros rayos de sol.
Cuando el dron regresó y el faro quedó atrás, imaginé que su luz volvía a girar lentamente sobre el Atlántico.
Una vez más, la noche llegaría. Y las estrellas cubrirían la isla. Y el faro encendería su luz para recordar a todos los que navegaran frente a Sálvora que, incluso en medio de la inmensidad del océano, siempre existe una luz capaz de señalar el camino a casa.
Porque algunos faros no solo iluminan el mar. 
También iluminan las historias que el mar nunca quiso olvidar.

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