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Mi Rompido
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Dicen que allí donde el río Piedras se encuentra con el océano Atlántico, existe una tierra estrecha que parece haber sido dibujada por el mar. 
Es la Flecha del Rompido. 
Durante siglos, las aguas han ido moldeando sus dunas, sus marismas y sus canales, cambiando lentamente el paisaje con cada marea. Y en ese rincón de la costa onubense se levanta el Faro del Rompido, silencioso testigo de un mundo de pescadores, navegantes y mareas. 
Cuando mi dron comienza a elevarse, el faro aparece poco a poco. 
Desde el cielo se descubre aquello que desde tierra no podemos ver: la estrecha lengua de arena, el río serpenteando hacia el Atlántico y el horizonte infinito fundiéndose con el azul. 
Frente a mí se alzaba la pareja más curiosa del litoral: el faro antiguo, bajito, robusto y revestido de azulejos blancos como un guardián retirado, y a su lado, el faro nuevo, elegante, estilizado y erguido con sus franjas rojas y blancas recortando el cielo de fuego. 
Los ancianos del pueblo pesquero conocen bien la historia. Cuentan que hace más de un siglo, cuando solo existía la primera torre, un viejo farero llamado don Bartolomé guardaba la entrada de la barra de arena. En una noche de tempestad feroz, con vientos que amenazaban con arrancar las piedras, la lámpara de aceite se apagó. Sabiendo que los marineros del pueblo regresaban de la mar y embarrancarían sin guía, Bartolomé subió a la cúpula portando un farol de mano. Se dice que resistió allí arriba, firme contra el vendaval, convirtiéndose él mismo en la luz que salvó a la flota entera antes de desaparecer con el amanecer. 
Desde entonces, la leyenda afirma que la esencia del viejo farero nunca abandonó el lugar. Cuando un ojo curioso observa el faro desde las alturas con el respeto adecuado, la vieja luz vuelve a encenderse para saludar. 
El dron comenzó su trayectoria circular. La lente de la cámara rozó prácticamente la linterna del faro, donde la luz giratoria acababa de encenderse, lanzando su primer destello dorado de la tarde. En la toma cinematográfica, el haz de luz pareció atravesar directamente el objetivo de la cámara justo cuando el sol tocaba la línea del horizonte. 
Desde el aire, todo parecía en perfecta armonía: las corrientes dibujando patrones en la entrada de la ría, las luces de los restaurantes del pueblo encendiéndose una a una y el vuelo de un grupo de gaviotas que pasó justo por debajo del sensor del dron, dándole un toque mágico al plano. 
Aterricé la nave con precisión cuando la luz del día finalmente se apagó. Al revisar la tarjeta de memoria en la pantalla, supe que no solo había grabado una toma aérea increíble, sino que había capturado la verdadera esencia y serenidad de El Rompido al atardecer. 

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