Faro de Aragó

Hoy en día, el navegante nocturno que entra en Tarragona se orienta por la baliza luminosa del oleoducto y el resplandor que emana la ciudad.

Los jurados de Tamarit, preocupados por la piratería, en 1562 encargaron una torre de vigía: la Torre de la Mora, muy cerca del término municipal de Tarragona. A lo largo del siglo XVIII, el Camp de Tarragona progresó a consecuencia del fuerte impulso económico provocado por el comercio con América. Por ello, el puerto de Tarragona adquirió una gran importancia. Ya en el siglo XIX, el Plan de Alumbrado (1847) propuso un aparato de tercer orden, con luz fija blanca y destellos de cuatro en cuatro minutos. Sin embargo, las obras de ampliación del puerto hicieron que, en 1849, de manera provisional, se colocara en la punta del dique un farol sin óptica, hecho de quinqués ordinarios.

Una adenda al plan de 1858 permutaba las características del faro de Salou por el de Tarragona, de modo que este último quedaba reducido a una luz local, mientras que el cabo de Salou merecía un aparato de tercer orden. La única modificación fue la sustitución de los quinqués por una luz de parpadeo, suspendida de un soporte con garita metálica. Más tarde se erigió una especie de castillete piramidal de madera, coronado por una linterna hexagonal sobre una plataforma circular con barandilla de hierro. En 1919, con la madera del castillete ya pudriéndose, se elaboró un nuevo proyecto, que permitió, cuatro años después, estrenar, por fin, un faro definitivo: el faro de Aragó.

Habían transcurrido 128 años desde el primer proyecto. La falta de definición de la característica, que imposibilitaba identificarlo unívocamente, obligó en 1952 a cambiarla por destellos equidistantes de luz verde.

Las continuas obras de ampliación del espigón dejaban el faro cada vez más atrás y la luz verde, que tendría que señalar la bocana del puerto, ya no correspondía a la realidad. Así, en 1978 recobró el color blanco con dos destellos repetidos cada doce segundos. Con un uso cada vez más marginal, en 1983 el director del puerto de Tarragona pidió a la Comisión de Faros trasladar el faro metálico de La Banya, en el delta del Ebro, a la punta del dique de Llevant.

Trasladado pieza a pieza, y bien restaurado, en 1990 se apagó el faro del muelle de Aragó y se encendió el faro de La Banya, como luz de puerto.

El faro de La Banya es el último testigo de las antiguas estructuras metálicas de los faros. Desde 1993, en lo que fue la vivienda del torrero, se muestra una exposición permanente, muy didáctica, de señales marítimas. En 2003 se convirtió en el Museo de Faros y extensión del Museo del Puerto de Tarragona.

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