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Los fareros guían a los camioneros

Miguel García, madrileño de 57 años, responsable del faro de Punta Candieira, conoce el secreto de las señales en la oscuridad. Se preparó para que los barcos rehúyan los acantilados de Cedeira, pero no para hacer algo parecido con audaces camioneros alemanes como Mandy. El chófer alemán que buscaba la ruta hacia San Sebastián y terminó con su camión atascado en el lugar más parecido al fin del mundo.

Cuando se dio cuenta, la carretera terminaba en el faro. Aún hoy nadie se explica cómo fue capaz de girar el camión, pero su mala fortuna fue la rotura de un eje en la primera curva. Quien le prestó asistencia fueron Miguel y Fusa, el matrimonio encargado del faro, que acogieron al despistado transportista durante una semana, hasta que se pudo reparar la avería.

Mandy, como un marinero descarriado, quizás buscaba el faro. Y lo encontró. Miguel, el farero, se topó de repente con un enorme plátano a medio pelar que hacía de la cubierta del remolque un homenaje surrealista a Andy Warhol. Entonces llegan las matemáticas y la pericia de Mandy. La explanada del faro tiene 18 metros. El camión, 17. Sólo la persistencia germánica podría lograr que la mole diera la vuelta. El alemán lo consiguió. Miguel lo resume: «Mandy es un gran piloto, pero un pésimo navegante». El camión «varado» Si no fuera porque se le rompió el eje en la primera curva, Mandy se habría ido en busca de la verdadera ruta hacia Hamburgo el mismo sábado que se quedó varado. Pero tuvo que quedarse a oír las rompientes de los acantilados. Los mejillones le daban alergia, pero supo apreciar la cocina de Miguel y Fusa. Su inglés era malo, tan malo como el alemán de Miguel, pero una agenda traductora hizo de intérprete. Mandy no perdió la sonrisa ni cuando le rompió el eje. Se ve en el vídeo que grabó la hija de Miguel. Sólo se puso serio cuando se marchó.

«Mandy se fue triste», decía Miguel. Y ligero de equipaje. Ni con plátanos, su carga habitual, ni con guías telefónicas, la mercancía que le llevó a la vía muerta.

Sin embargo, sin saber cómo ni porqué, se vio en las sinuosas carreteras que desembocaban en el faro de Punta Candieira, en Cedeira (A Coruña).