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Mi Rota
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Frente a las aguas del Atlántico, donde la bahía se abre al horizonte, se alza un guardián silencioso.  
Es el Faro de Rota; desde su posición privilegiada ha contemplado amaneceres dorados y tardes en las que el cielo parecía incendiarse sobre el océano. 
El mar estaba tranquilo cuando desde la costa, apareció un pequeño explorador. 
No era un barco, no era una gaviota... Era mi dron. 
Puse el dron en el suelo, conecté los mandos y encendí los motores; la nave comenzó a elevarse lentamente, dejando atrás la tierra y acercándose al faro. Desde el aire, Rota empezaba a transformarse. 
El dron comenzó a rodear el faro lentamente, mientras la cámara captaba cada detalle. Las piedras, la torre, el horizonte… y ese océano inmenso que durante tantos años había sido su compañero. 
Y mientras el dron ascendía cada vez más, el faro parecía hacerse pequeño frente a la inmensidad del océano. 
Pero entonces comprendí algo: los faros nunca son pequeños. 
Porque no se miden por su tamaño, sino por todo aquello que representan. 
Representan esperanza, representan regreso, representan ese instante en el que alguien, perdido en la oscuridad, descubre una luz a lo lejos y sabe que todavía existe un camino. 
Mi dron continuó su vuelo. Y pensé que quizá esa era la verdadera misión de un faro: no detener el tiempo, sino observarlo pasar. 
Hasta que finalmente el dron comenzó a alejarse. 
El faro quedó atrás, pero su imagen permaneció en la cámara… y también en mi memoria. 
Porque aquel vuelo no había sido solamente una grabación. 
Había sido un viaje. Un viaje en busca de una historia escondida entre el cielo y el mar. 
Y mientras el dron regresaba a tierra, el faro de Rota seguía allí, inmóvil frente al Atlántico. 
Esperando otra noche, otro barco, otro amanecer. Y quizá… otra mirada desde el cielo. 
Porque mientras exista un mar que cruzar, siempre habrá un faro dispuesto a mostrar el camino.

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