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Mi Calaburras
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El viento en la Costa del Sol sopla con una cadencia distinta cuando te acercas a los acantilados de Mijas. Aquel día, el sol de Andalucía pegaba de lleno sobre la torre de 25 metros del Faro de Calaburras. 
El ritual comenzó como siempre: calibrar el compás, comprobar la batería, ajustar los parámetros de la cámara y buscar esa superficie estable sobre la roca pulida por el salitre. Al encender los motores del dron, el despegue fue limpio. A medida que ganaba altura, el paisaje reveló sus verdaderas dimensiones; el Faro de Calaburras deja de ser solo una torre para convertirse en el eje de una franja litoral imponente, donde el azul profundo de alta mar contrasta con las tonalidades turquesa de la orilla.
Cada plano guardaba la tensión perfecta entre la tecnología volando a pocos metros de la brisa marina y la solidez centenaria de un faro que lleva desde el siglo XIX guiando a los navegantes por este tramo entre Fuengirola y Marbella.
Sin embargo, a medida que la cámara ganaba altura y descendía hacia la linterna de la torre, la señal comenzó a parpadear. No era una interferencia común: en la imagen en vivo, la sombra del propio dron no se proyectaba sobre las rocas, sino sobre la cubierta de un antiguo galeón fantasma que la marea de la historia había borrado hacía siglos.
Dicen las crónicas de la Costa del Sol que Calaburras es un guardián hambriento. Durante generaciones, sus arrecifes traicioneros devoraron barcos que buscaban refugio en la bahía de Mijas. Pero la leyenda que ningún pescador se atreve a contar en voz alta es la del Luz de Plata, un navío de línea que encalló bajo una tormenta en 1752. Su capitán, atrapado en el naufragio, juró proteger a los marineros desorientados, prometiendo que su alma habitaría el primer rayo de luz que se encendiera en esa punta. Décadas más tarde, cuando se levantó el primer faro de fábrica, la promesa se selló para siempre.
El sensor del dron detectó una corriente de aire ascendente donde debería haber calma absoluta; era como si una fuerza invisible guiara el vuelo, trazando una órbita perfecta alrededor de la torre, protegiendo al dispositivo de caer al abismo.
Por eso, mientras mi dron continuaba su vuelo, pensé que estaba grabando mucho más que un paisaje. Estaba grabando la historia de un guardián silencioso.
Un guardián que lleva décadas mirando al Mediterráneo, y que noche tras noche, sigue enviando su mensaje hacia el horizonte: 
“Mientras mi luz permanezca encendida, ningún navegante estará completamente perdido.”
Mi dron regresó lentamente. Pero antes de aterrizar, hice una última toma. 
Y entonces entendí que cuando los contemplas desde el cielo, parecen contarte una historia, como está de Calaburras, el guardián que nunca dejó de mirar al mar.

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