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Mi Torre del Mar
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Desde el paseo marítimo de Torre del Mar, la vista ya era hermosa, pero la perspectiva que estaba a punto de capturar lo cambiaría todo. 
El dron despegó en vertical, ganando altura con soltura mientras la cámara enfocaba la costa. Abajo, las olas rompían tranquilamente contra la arena húmeda. Y allí, erguido como un centinela entre la historia y la modernidad, se alzaba el faro de Torre del Mar.
Giré suavemente el estabilizador para encuadrar la estructura. Sus características franjas horizontales, blancas y azules, destacaban con nitidez contra el fondo infinito del Mediterráneo. Elevé el dron hasta colocarnos a la misma altura de su linterna, realizando un movimiento orbital lento y fluido. A esa altitud, el encuadre era hipnótico: por un lado, la inmensidad del mar; por el otro, la trama urbana de la ciudad desparramándose hacia las montañas de la Axarquía. 
Descendí en una diagonal limpia, siguiendo la línea de la playa hacia la base del faro para captar el contraste entre el azul profundo del agua y el pavimento del paseo. 
Este lugar no siempre tuvo este aspecto. A mediados del siglo XIX, la costa dependía de pequeñas luces improvisadas para guiar a los barcos de pesca. En 1864 se encendió el primer faro oficial, una estructura modesta diseñada para avisar a los marineros de los peligrosos bancos de arena cerca de la desembocadura del río Vélez. Con el paso de las décadas y el avance del mar y la urbanización, el faro tuvo que reinventarse. La torre que hoy domina el paseo marítimo, construida en la década de 1970 con sus 29 metros de altura, sustituyó a los antiguos faros que poco a poco habían quedado encajonados por el crecimiento del pueblo. 
Realicé un ascenso vertical suave, encuadrando la linterna superior. El dron giró lentamente en un plano orbital, mostrando cómo la estructura convive hoy con el bullicioso paseo marítimo, sirviendo como testimonio del pasado marinero de la villa y como punto de encuentro moderno para locales y visitantes. 
Tras registrar varias tomas de la costa bañada por la última luz del día, inicié el descenso. Con el dron ya en tierra y la batería enfriándose, revisé los clips grabados. Más allá de las tomas aéreas, el vuelo capturó la esencia de un guardián de piedra y luz que ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su elegancia a orillas del mar. 

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