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Mi Sacratif
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El Faro de Sacratif, en la costa de Granada, es uno de esos lugares donde el mar y la historia parecen hablarse al oído. Está situado en el entorno de Torrenueva Costa, sobre el promontorio de Sacratif, y durante generaciones ha servido como una referencia fundamental para los navegantes que recorren esta parte del Mediterráneo. 
El viento en la Costa Tropical soplaba suave, trayendo el olor a salitre y a tierra caliente. Con el mando entre las manos y la mirada fija en la pantalla, encendí los motores y el dron elevó su vuelo para convertirse en los ojos de un pájaro de metal. 
A medida que ganaba altitud, la torre blanca del Faro de Sacratif, erguida con elegancia sobre las rocas áridas de Torrenueva, comenzó a encuadrarse en el objetivo. Desde abajo, el faro siempre había parecido un monumento imponente pero lejano, un centinela inmóvil que llevaba desde el siglo XIX guiando a los marineros en las noches oscuras del Alborán. Sin embargo, a través de la lente del dron, parecía cobrar una vida distinta. 
El contraste era hipnótico: por un lado, la serenidad del plano alto mostrando el azul profundo del mar encontrándose con el horizonte; por el otro, la fuerza brusca de las olas rompiendo contra la base del acantilado. La cúpula dorada del faro deslumbraba bajo el sol de la tarde, reflejando destellos sobre el agua cristalina. 
En el visor del mando, cada detalle parecía grabado para una película. El dron se aproximó con suavidad, rozando la brisa marina, rodeando la linterna del faro en un giro perfecto de trescientos sesenta grados. Por un instante, dio la sensación de que el tiempo se detuvo entre la estructura centenaria y la tecnología del presente. 
Giré la cámara levemente y comencé un vuelo orbital alrededor de la torre circular del faro. Sus paredes de mampostería, de casi 17 metros de altura, reflejaban la calidez de la última hora del día. Desde esa perspectiva aérea, la linterna del faro parecía una joya encastrada en la cima de la colina, lista para despertar y guiar a los barcos hacia el puerto. 
En el encuadre final, bajé la cámara para abarcar toda la franja costera: a la izquierda, la inmensidad del mar rasgado por destellos dorados; a la derecha, los acantilados descendiendo hacia las calas solitarias. Fue un minuto de grabación donde el tiempo pareció detenerse, capturando la paz absoluta de Sacratif antes de que cayera la noche. 
Al aterrizar la nave en el suelo, las hélices se detuvieron lentamente. El faro seguía allí, tranquilo y eterno en su promontorio, pero yo ya guardaba en la tarjeta de memoria un trozo de su alma vista desde el cielo. 

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