



El Faro de Cabo de Gata, en Almería, es uno de esos lugares donde la historia y la leyenda parecen mezclarse con el paisaje. Se encuentra sobre un promontorio volcánico, junto al arrecife de Las Sirenas, en uno de los puntos más emblemáticos del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar.
Comenzó a funcionar el 30 de abril de 1863, durante el reinado de Isabel II. Se construyó sobre el antiguo castillo de San Francisco de Paula; su misión era especialmente importante: frente al cabo se encuentra la peligrosa Laja del Cabo, un bajo rocoso situado aproximadamente a 800 metros de la costa y que se encuentra muy cerca de la superficie.
Coloqué la manta de despegue sobre una roca plana. Desbloqueé los motores y el dron se elevó en vertical, ascendiendo a 50 metros. Desde las alturas, los acantilados volcánicos parecían rugosas cicatrices oscuras esculpidas por viento y salitre durante miles de años, con un tono dorado rojizo, como si recordaran su antiguo origen de fuego.
Cuenta una antigua leyenda que cuando la noche cubría el Cabo de Gata y el faro todavía no existía, los marineros que navegaban cerca de estos acantilados escuchaban extraños sonidos procedentes del arrecife.
Decían que eran las sirenas del Cabo.
Pero la realidad es todavía más curiosa: el arrecife de las Sirenas es el resto de una antigua chimenea volcánica, y su nombre podría estar relacionado con las focas monje que antiguamente habitaban estas aguas y que los pescadores llamaban sirenas o lobos marinos.
La leyenda cuenta que aquellas criaturas protegían el cabo. Cuando un barco se acercaba demasiado a la laja, levantaban sus voces desde las rocas para advertir a los navegantes.
Algunos marineros obedecían. Otros continuaban su rumbo y cuando llegaba la tormenta, comprendían demasiado tarde que aquellas voces no eran un canto para atraerlos, sino un aviso para salvarles la vida.
Inicié la primera maniobra, avanzando desde el mar abierto hacia el faro.
Decidí arriesgar un poco más para buscar una toma única. Cambié al modo de órbita y fijé la cúpula del faro como centro. El dron comenzó a girar en un círculo perfecto. A través del monitor vi cómo la sombra de la torre se proyectaba como un gigante sobre las aguas turquesas y transparentes de los arrecifes. Era un contraste hipnotizante.
De repente, una ráfaga de viento cruzado hizo vibrar los sensores del dron. En el cabo de Gata, el viento no avisa y puede llevarse un equipo en segundos hacia las rocas o el mar. Tomé el control manual, estabilicé la aeronave ajustando el ángulo de ataque y la acerqué de nuevo a la pared del acantilado, donde el viento amainaba.
Aproveché ese ángulo bajo para la toma final: una trayectoria ascendente pegada a las rocas rojas hasta superar la linterna y revelar, de golpe, todo el horizonte mediterráneo. Fue un segundo mágico en el que la luz, la altura y la composición encajaron sin esfuerzo.
Con la batería al 20 %, inicié el descenso. El dron aterrizó suavemente sobre la manta. Guardé los mandos, pero me quedé allí un rato más, simplemente mirando el faro con mis propios ojos.
Esa noche, al revisar las tomas en la pantalla del portátil, supe que no solo había grabado una estructura de piedra e ingeniería; había logrado atrapar la esencia solitaria, salvaje y luminosa del guardián del cabo.