



Entre las montañas de Granada y el azul inmenso del Mediterráneo, la costa se abre como un escenario de piedra, viento y espuma. Allí, sobre la línea del horizonte, se alza el faro de Castell de Ferro, heredero de una larga tradición de señales que han acompañado a los navegantes durante generaciones.
Aquella mañana llegué hasta la costa con mi dron.
El faro de Castell de Ferro se erigía imponente frente a mí, con su antigua silueta de torre vigía nazarí remodelada para seguir guiando a los marineros en la noche.
Encendí los motores y en cuestión de segundos, la pequeña aeronave despegó en vertical hacia el cielo. A través del mando, la pantalla me regaló una perspectiva que muy pocos ojos llegan a ver jamás.
El dron comenzó a ascender en espiral alrededor del faro. Desde el aire, las rugosas piedras de su fachada revelaban siglos de historia, defendiendo la costa de piratas en tiempos lejanos antes de albergar la linterna moderna que hoy destella sobre el agua. Conforme la cámara subía, el horizonte se expandía mostrando las calas secretas, el oleaje rompiendo con fuerza contra los acantilados y la silueta del pueblo extendiéndose abajo en la penumbra.
Incliné el gimbal hacia abajo para realizar una toma cenital perfecta. La estructura circular del faro destacaba sobre la roca desnuda.
Decidí arriesgar con una toma más dramática: alejé la aeronave hacia el mar y la hice descender a pocos metros sobre el agua. Desde esa posición, apunté la cámara hacia arriba y aceleré en ascenso vertical siguiendo la línea del acantilado hasta superar la altura de la torre. El resultado en el visor fue puro dinamismo visual.
Con la batería agotándose, traje el dron de vuelta a tierra firme. El aterrizaje fue limpio sobre la plataforma. Guardé el equipo con la satisfacción de saber que tenía en la tarjeta de memoria una toma panorámica impecable, lista para sumarse a mi colección de relatos visuales sobre los guardianes de la costa.