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Mi Garrucha
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Sobre la costa, la luz del amanecer empezaba a teñir el horizonte de un tono melocotón suave, y allí estaba yo en la explanada del puerto de Garrucha. Preparado para registrar la historia.
El viejo faro de Garrucha, encajado pacientemente en el entramado urbano desde finales del siglo XIX, había cumplido su misión durante más de cien años. Desde su pequeña torre integrada en la fachada del antiguo edificio administrativo, su destello guía había visto transformarse el pueblo, de un puerto pesquero de carga de mineral a un hervidero de barcos y gastronomía. Pero el crecimiento de la villa y de sus infraestructuras pedía a gritos un cambio: el faro debía recuperar la visibilidad perdida y ganar el protagonismo que merecía.
Encendí los motores, el dron se elevó en vertical, ganando altura y cambiando la perspectiva. Garrucha se desplegó ante mí como una maqueta viva. A la izquierda, el rompeolas cortando el azul del Mediterráneo; a la derecha, las calles estrechas subiendo hacia el interior. Realicé una primera pasada suave, una toma cinematográfica descendente apuntando al emplazamiento original del faro, rindiendo homenaje a la estructura clásica que durante generaciones fue el faro «de pueblo», pegado a las casas y al bullicio diario.
Giré el dron hacia el puerto y lo llevé hacia el nuevo escenario.
Avancé suavemente sobre la lámina de agua del puerto deportivo y pesquero. La luz de la mañana empezaba a golpear con fuerza la nueva estructura. El nuevo faro se levantaba al final del dique, altivo, libre de obstáculos, alzándose hacia el cielo con una presencia moderna y rotunda. Ya no estaba encajonado; ahora dominaba toda la bahía de Garrucha, desde Mojácar hasta Vera.
Giré el dron en una órbita perfecta de 360 grados alrededor de la nueva linterna. En la pantalla, la lente captó el contraste impresionante: el blanco impoluto del nuevo faro. 
Hice un último movimiento: subí a cien metros de altura y encuadré la línea recta que unía la ubicación histórica con la nueva. Desde el aire, la transición era evidente y hermosa. Era la imagen exacta de la evolución: la memoria guardada en el casco urbano y el futuro mirando abiertamente al horizonte marítimo.
Con la batería avisando y el corazón satisfecho, inicié el descenso. Mientras el dron aterrizaba suavemente en el suelo, supe que había capturado la respiración de Garrucha en el momento preciso en que uno de sus mayores símbolos estrenaba su nueva mirada hacia el mar.

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