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Mi Rapita
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Había una vez, en un rincón privilegiado del Mediterráneo, donde las aguas del Delta del Ebro se encuentran con la inmensidad del mar, un pequeño guardián que llevaba muchos años observando la vida del puerto de Sant Carles de la Ràpita. 
Era el faro del puerto, una luz discreta pero llena de historia, testigo silencioso de innumerables amaneceres, de barcos que salían a faenar y de pescadores que regresaban a casa después de largas jornadas en el mar. 
Un día, un viajero llegó hasta aquel puerto con una pequeña aeronave capaz de volar como un pájaro. Era mi dron, preparado para descubrir desde el cielo los secretos de aquel lugar. 
En el paseo marítimo, encendí los motores del dron y comenzó a elevarse lentamente, dejando atrás los muelles, las embarcaciones y el bullicio marinero. Desde las alturas, el puerto parecía una postal dibujada entre el azul del Mediterráneo y las tranquilas aguas de la bahía de los Alfacs, y el contorno erguido del faro de la Ràpita. 
La luz de la hora dorada ya teñía todo con destellos de oro y violeta. Con un suave empuje en los mandos, el aparato se elevó; a unos cuarenta metros de altura, la perspectiva era espectacular. Hacia el norte, el paseo marítimo se extendía como una larga y animada espina dorsal que conectaba la playa con el bullicioso puerto y el entramado de la villa marinera; el mar, en calma casi absoluta, acariciaba la orilla mientras las pequeñas embarcaciones de recreo y pesqueros tradicionales parecían flotar en un espejo de tonos cálidos. 
Inicié una maniobra circular lenta alrededor de la torre. La luz dorada del atardecer resbalaba por la estructura del faro. Elevé un poco más el dron, ganando ángulo hacia el sur para encuadrar la inmensidad del delta del Ebro, ese laberinto de agua y tierra donde el río se rinde al mar. El faro parecía marcar el punto de equilibrio entre la fuerza de las olas y la serenidad de los marineros que tras la jornada, buscaban la guía de su destello verde. 
La cámara captó el contraste perfecto entre la piedra histórica del baluarte que lo protege, la arena fina de la playa y el inicio de las luces artificiales que comenzaban a encenderse en el paseo a medida que el crepúsculo ganaba terreno. 
En la pantalla, cada fotograma se sentía como un homenaje a este rincón de las Terres de l'Ebre. 
Traje el dron de vuelta en una suave trayectoria descendente, dibujando un arco sobre el espigón mientras el sol rozaba el horizonte tras las montañas. En la memoria de la tarjeta quedaba guardado el vuelo, pero en el aire flotaba la magia de siempre: haber visto, aunque fuera por unos minutos, el mundo con los ojos del viento. 

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