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Mi Peñiscola
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Cuenta la tradición popular que en el siglo XV, cuando Don Pedro de Luna (el Papa Luna) habitaba el castillo de Peñíscola, pasaba largos atardeceres contemplando el horizonte desde las rocas donde hoy se alza el faro. Un día de fuerte marejada, el mar arrojó contra los acantilados un fragmento de piedra luminosa, similar a una estrella caída del cielo. 
Sabiendo que el objeto poseía un brillo sobrenatural capaz de guiar a los marineros perdidos en las peores tempestades, el Papa Luna lo depositó en la cavidad más profunda de la roca: el Bufador, una fisura natural donde el mar ruge y respira. Prometió que mientras la luz de la estrella permaneciera bajo el peñón, ningún barco frente a la costa de Castellón encallaría en la noche.
Con el paso de los siglos, en 1898 se construyó el faro sobre esa misma roca para dotar a los navegantes de una guía moderna. Sin embargo, los viejos pescadores de la zona aseguran que la linterna del faro no solo funciona con electricidad: cada tarde, al ponerse el sol, el mar empuja el agua hacia el interior del Bufador y despierta el antiguo destello de la piedra.
Muchos años después, llegué yo con mi dron a este rincón mágico del Mediterráneo, dispuesto a guardar un recuerdo muy especial: mi grabación del faro de Peñíscola.
Preparé mi dron y lo elevé hacia el cielo, dejando que la cámara comenzara a descubrir una perspectiva diferente de aquel lugar lleno de historia. Desde las alturas, el faro parecía un centinela de piedra, acompañado por las murallas de la ciudad y el majestuoso castillo, mientras el Mediterráneo extendía su inmenso manto azul hasta confundirse con el horizonte. 
Cada movimiento del dron era como pasar una página de un antiguo libro de aventuras. La costa revelaba su belleza, las olas dibujaban encajes blancos sobre las rocas y la luz del sol transformaba el paisaje en una escena digna de una película.
Incliné el stick hacia adelante. El dron tomó velocidad, planeando sobre la línea donde el mar rompe contra las rocas. El agua, teñida de un azul profundo y salpicada de espuma blanca, parecía un manto dinámico visto desde la perspectiva de las aves.
Hice ascender la nave en una suave espiral ascendente. A medida que ganaba altura, la linterna del faro reflejó los últimos destellos del sol. Desde el aire, la perspectiva era hipnótica: los tejados rojizos del casco antiguo agrupándose tras la fortaleza medieval, la inmensidad del mar perdiéndose en el horizonte y en el centro exacto de la composición, la luz del faro comenzando a cobrar vida para la noche. 
Un giro lento sobre su propio eje permitió capturar la panorámica perfecta. El viento marino estabilizaba las tomas, ofreciendo un plano impecable que congelaba la belleza de la costa levantina. Con la batería marcando el tiempo justo, inicié un descenso controlado, trayendo de vuelta a la tierra un pedazo de historia capturado desde el cielo.
Y así termina mi aventura en el faro de Peñíscola, una grabación con mi dron que convirtió un paisaje mediterráneo en una leyenda para guardar en la memoria. 

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