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Mi Tabarca
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Desde el barco, la silueta de la isla de Tabarca emerge limpia, recortada contra un cielo azul cobalto: una franja de piedra, casitas blancas y murallas desgastadas que parecen flotar sobre el agua. 
Había llegado a la isla a primera hora, cuando las golondrinas aún sobrevolaban las murallas de Carlos III y el mar parecía un espejo de cristal turquesa.
Llegué con la intención de capturar su arquitectura defensiva, pero Tabarca tiene una atmósfera propia que cambia el ritmo de las cosas. Con el dron listo en la plataforma, revisé los rotores, el sensor de la cámara y la intensidad de las ráfagas que llegaban desde el cabo de Santa Pola. Los viejos marineros que remendaban redes en el puerto observaban de reojo, intrigados por esa pequeña máquina de hélices que prometía elevar la mirada sobre su mundo.
Al despegar, el dron comenzó a ascender en vertical; a vista de pájaro, la muralla del siglo XVIII reveló la precisión geométrica de su trazado. Las puertas de San Gabriel, la del Campo y la de San Rafael destacan como entradas solemnes a un entramado urbano de calles rectas y tejados rojizos.
Giré la cámara hacia el este, hacia el extremo más deshabitado de la isla. Allí, erguido sobre la llanura de matorral seco y piedras calcinadas, se alzaba el Faro de Tabarca. 
Desde el aire, la silueta del faro no parecía simplemente una torre, sino un edificio robótico y simétrico diseñado para resistir las tempestades de levante; y como escuela de fareros, su planta cuadrada y su torre central se levantaban majestuosas entre la vegetación baja. Acerqué la lente en un arco lento, capturando cómo la luz dorada de la mañana se reflejaba en los cristales de su linterna.
Inicié un descenso progresivo trazando una órbita suave sobre la torre de San José y las antiguas murallas defensivas. Desde esa perspectiva aérea, era imposible no imaginar los galeones de antaño navegando en estas mismas aguas cristalinas, esquivando los arrecifes sumergidos que hoy forman parte de la reserva marina.
A medida que el dron completaba su último pase sobre el espigón del puerto, con el horizonte alicantino desdibujándose a lo lejos, comprendí el verdadero valor de la grabación. No se trataba solo de registrar la arquitectura o el azul deslumbrante del agua; era la sensación de haber detenido el tiempo, capturando en pocos minutos de vuelo el alma serena de una isla que lleva siglos custodiando los secretos del mar.
Tras completar la última secuencia sobre el extremo libre de la muralla, ejecuté el aterrizaje manual de regreso a la embarcación. Las tarjetas de memoria volvían cargadas con la perspectiva precisa de un enclave que visto desde el aire, revela toda la majestuosidad de su historia militar y su reserva marina.

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