




La mañana comenzaba en el Dique de Levante de Tarragona con una calma casi sagrada. A un lado, las aguas tranquilas del puerto; al otro, el Mediterráneo abría su horizonte infinito. En la punta de este espigón se alza una joya de hierro y memoria: el Faro de la Banya, erigido hoy como custodio y sede del Museo de Faros dentro del puerto.
Mi destino era el entorno del delta del Ebro, un rincón donde la historia marinera sigue respirándose en cada rincón.
Allí, rodeado de mar, salinas y paisajes abiertos, se alzaba el pequeño guardián de la costa, testigo silencioso de innumerables amaneceres, temporales y jornadas de pesca.
Preparé mi dron, comprobé que todo estaba listo y poco a poco, el dron se elevó del suelo y emprendió su vuelo.
Desde el aire, el paisaje adquiría otra dimensión. El faro parecía contar su propia historia mientras mi dron lo rodeaba, capturando imágenes desde diferentes perspectivas. El Mediterráneo se extendía hasta donde alcanzaba la vista, reflejando la luz de la mañana como un inmenso espejo azul.
Inicié una órbita lenta y fluida alrededor de la linterna. La cámara capturaba el contraste único entre el hierro forjado de la torre, el reflejo azul profundo del agua y la silueta del muelle que se adentra en la niebla matutina. La luz rasante perfilaba cada remache y la arquitectura singular de este faro-museo, transformando el vuelo en una pieza audiovisual donde la historia marítima y la tecnología moderna se dan la mano.
Y mientras mi dron seguía grabando, pensé que los faros tienen algo mágico: nunca hablan, pero tienen miles de historias que contar.
El viento acompañaba suavemente el vuelo y cada imagen parecía convertirse en una página de un libro escrito por el mar.
Inicié una toma aérea en descenso hacia la cubierta metálica, volviendo a tierra firme, dejando grabado en la tarjeta un instante suspendido entre el pasado farero de las costas catalanas y el cielo libre de Tarragona.
Y así terminó aquella mañana junto al Faro del Museo de la Banya.