



Aquella mañana, el Mediterráneo me esperaba con sus aguas brillantes y su brisa salada. Había un brillo especial en la mañana del Grao de Castellón. El viento, que tantas veces desafía a quienes intentan alzar el vuelo en la costa, se había tomado un descanso, dejando el mar Mediterráneo en una calma casi irreal. Era el escenario perfecto. Con la mochila al hombro y los nervios lógicos de quien busca capturar una joya, me dirigí hacia la plaza del Moll de Costa. Mi objetivo del día era inmortalizar un gigante con más de un siglo de recuerdos: el antiguo Faro de Castellón.
Mientras preparaba el dron sobre un banco cercano, no pude evitar observar la imponente silueta de piedra clara del faro. Inaugurado en 1917, este histórico vigía de cúpula oscura ha visto transformarse el puerto, conduciendo a incontables marineros con su luz hasta los años 70 y tras ser jubilado por el moderno faro del dique exterior, fue trasladado piedra a piedra para convertirse en el alma cultural del puerto.
Preparé mi dron, comprobé los mandos y poco a poco, lo vi elevarse sobre la costa. Desde mi posición, contemplé cómo la cámara descubría nuevas perspectivas: el faro, el puerto, los barcos y el inmenso horizonte azul, donde el cielo y el mar parecían fundirse en un abrazo infinito.
La cámara del dron captó el contraste perfecto entre la robusta arquitectura de piedra y el vaivén de los barcos amarrados en el Club Náutico. Decidí realizar una suave órbita. En la pantalla, el faro se recortaba contra el azul infinito del mar, mientras a lo lejos, el espigón y el nuevo faro moderno se adentraban en el agua como si vigilaran el horizonte. Con cada giro lento y cada encuadre, sentí que no solo estaba grabando imágenes en alta resolución, sino capturando un pedazo de la historia viva de Castelló.
Al cabo de unos minutos, con el metraje soñado en la tarjeta de memoria y una sensación de profunda satisfacción, el dron regresó a tierra con un aterrizaje perfecto. Mientras guardaba el equipo, miré de nuevo al viejo faro. Ya no era solo un monumento histórico; ahora, gracias a esa perspectiva aérea, se había convertido en el protagonista de mi propia aventura, una pequeña historia visual que siempre me recordará la magia de mirar el mar desde el cielo.
Y así terminó mi aventura con el dron, aunque no la historia del faro, porque mientras haya barcos navegando, viajeros descubriendo nuevos lugares y personas dispuestas a guardar recuerdos con su cámara, la luz de los faros seguirá encendida en el corazón de quienes aman el mar.
Fin del relato. Una nueva aventura para mi colección de grabaciones con mi dron.