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Mi Cabo de Palos
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Cuando llegué a las rocas de Cabo de Palos, ante mí se alzaba la imponente torre de sillar, majestuosa, erigida como un guardián de piedra sobre los acantilados que desafían al Mediterráneo. Las condiciones eran perfectas: viento en calma, mar cristalino y una luz dorada de otoño que vestía los acantilados de un tono cobrizo deslumbrante. 
Encendí los motores del dron y, en cuestión de segundos, ascendió a través de la brisa marina. Al principio, la lente captó el romper furioso del agua contra la piedra, ese contraste eterno entre la firmeza de la tierra y la fuerza indomable del mar.
A medida que el dron alcanzaba los cincuenta metros, la pantalla del control reveló una perspectiva que dejaba sin aliento. El plan de vuelo consistía en rodeos suaves alrededor de la torre para capturar el juego de luces y sombras en los sillares de la fachada. Decidí empezar con un plano de aproximación desde el mar: descendí a unos quince metros sobre la línea de agua para buscar el contraste entre el azul turquesa de la orilla y la espuma blanca que rompía viva contra los acantilados de la cueva del Pato. 
Inicié una maniobra lenta alrededor de la linterna del faro. La cámara fue registrando cada detalle: la cúpula metálica brillando bajo los primeros rayos, los ventanales de la linterna reflejando el horizonte y abajo, la base cuadrada que parece una fortaleza del siglo XVI cuidando la entrada al golfo.
El momento culminante de la grabación llegó cuando elevé la nave a unos noventa metros y orienté la cámara a 45 grados hacia abajo. En un único movimiento ascendente y de retroceso, la lente reveló la inmensidad del paisaje: al norte, la fina línea de La Manga recortándose contra el Mar Menor; al este, las crestas oscuras de las islas Hormigas emergiendo como lomos de cetáceos en mitad del agua abierta.
En la pantalla, la luz matutina dibujaba destellos de plata en la superficie marina mientras una bandada de gaviotas cruzaba el encuadre justo por debajo de la altura del sensor, regalando esa escala perfecta que solo las tomas aéreas bien calculadas consiguen capturar. 
El dron desciende suavemente hacia la línea de costa donde se aprecia a los buceadores equipados saltando al agua en formación. 
Hoy, las aguas de la reserva albergan las maniobras del Centro de Adiestramiento de Buceo de la Guardia Civil. 
Con el indicador de batería avisando, inicié el descenso controlado. El dron aterrizó suavemente sobre la alfombrilla en la explanada, mientras el faro, mudo testigo de piedra, seguía erguido sobre las olas, listo para quedar inmortalizado en la tarjeta de memoria, guardando no solo unos minutos de vídeo, sino la esencia pura del vigía de la costa murciana.

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