



Mesa Roldán, en la costa de Almería, junto a las aguas del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar.
Hasta allí llegué con mi dron, dispuesto a capturar desde el aire la imagen de uno de esos guardianes solitarios del Mediterráneo: el Faro de Mesa Roldán, con esa brisa densa y salada que sube desde los acantilados de Carboneras, cargada de historias de piratas berberiscos y viejos vigías.
Desplegué los brazos de la nave con cuidado sobre la hierba seca. Encender el dron en un lugar con tanta carga histórica siempre tiene algo de ritual.
Cuando el dron comenzó a elevarse, la costa apareció ante mis ojos como un enorme escenario natural, y entonces comprendí por qué este paisaje podía formar parte de una historia como Juego de Tronos.
Ajusté el ángulo de la cámara, bajándola a ras de la hierba seca para imitar la perspectiva de un dragón al acecho. Recordé el momento exacto en que las cámaras de Juego de Tronos inmortalizaron este rincón en la sexta temporada. Era fácil imaginar a Tyrion Lannister negociando la paz con los Amos de la Bahía de los Esclavos justo al pie de esta torre, o a Daenerys Targaryen descendiendo desde los cielos a lomos de Drogon para cambiar el destino de la ciudad.
La cámara del dron se acercó lentamente al faro.
Allí estaba firme frente al Mediterráneo, iluminando desde hace generaciones el camino de los navegantes.
Pero Mesa Roldán ya había sido testigo de otras historias mucho antes de que llegaran las cámaras de televisión. Su posición elevada convirtió este lugar en un punto estratégico de vigilancia de la costa, y con el paso del tiempo el faro pasó a formar parte inseparable de este paisaje.
Mientras mi dron rodeaba la torre, por un instante, imaginé que no estaba grabando un faro: estaba sobrevolando una tierra de Poniente.
Quizá detrás de aquellas montañas aparecería un ejército. Quizá una vela negra surgiría en el horizonte. O quizá, entre las nubes, aparecería la sombra de un dragón.
Pero no había dragones.
Solo el sonido del viento, el mar golpeando los acantilados y mi dron dibujando en el cielo las imágenes de aquel lugar extraordinario.
Cada movimiento de la cámara parecía revelar una nueva escena: el faro, la inmensidad del Mediterráneo, los acantilados y la tierra volcánica del Cabo de Gata.
Y así fue mi grabación del Faro de Mesa Roldán.
Una pequeña aventura aérea en un lugar que parece pertenecer a dos mundos: el mundo real, marcado por siglos de historia marítima, y ese mundo de fantasía que tantos espectadores reconocieron en Juego de Tronos.
Cuando hice regresar el dron, miré una última vez hacia el faro. Seguía allí, silencioso y firme.
Como si supiera que las leyendas nunca desaparecen, solo esperan a que alguien vuelva a contarlas. Y esta vez, mi dron las había contado desde el cielo.