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Mi Nules
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Aquella mañana, el Mediterráneo me recibió con su inmenso manto azul y una suave brisa que parecía traer historias de otros tiempos. Había llegado a la costa de Nules, en Castellón, dispuesto a descubrir con mi dron uno de esos rincones donde el mar y la tierra se encuentran para crear paisajes inolvidables. 
Allí, junto a la playa, se alzaba el Faro de Nules, humilde y silencioso, pero lleno de ese encanto especial que poseen los lugares acostumbrados a mirar al horizonte. 
Coloqué el dron en una superficie llana, comprobé la batería y encendí la emisora; la aeronave despegó suavemente, elevándose hacia el cielo como un pájaro de metal e inteligencia. 
El dron subió progresivamente, revelando primero las ondas limpias que rompían en la orilla y, poco a poco, la estructura estilizada del faro. A medida que el dron realizaba una órbita lenta a unos cincuenta metros de altura, el juego de luces y sombras sobre la fachada de la torre parecía cobrar vida. En la pantalla, la escena tenía una calidad cinematográfica casi irreal: la linterna del faro reflejaba los primeros destellos del sol mientras abajo, el agua turquesa bailaba alrededor de los espigones. 
Por unos instantes imaginé que mi dron era una gaviota viajera que había regresado para rendir homenaje al viejo guardián del mar. Desde aquella altura, cada toma parecía contar un capítulo diferente de una historia escrita por el viento, las olas y el paso del tiempo. 
Decidí arriesgar con una toma más audaz: una aproximación frontal desde el mar hacia la cúpula, simulando el vuelo libre de las gaviotas que pasaban cerca sin inmutarse por el pequeño visitante volador. Ajusté el gimbal hacia abajo para capturar el horizonte curvo del Mediterráneo justo cuando el dron pasaba rozando la altura máxima de la linterna. 
Mientras grababa, pensé en todos los amaneceres que aquel faro había contemplado, en los pescadores que habían salido al mar y en los viajeros que habían encontrado en la costa un lugar de descanso y esperanza. 
Y comprendí que los faros no necesitan ser gigantes ni estar encaramados sobre acantilados para tener una historia que contar. A veces, su grandeza está precisamente en su sencillez y en permanecer allí, resistiendo el paso del tiempo, mientras el mundo cambia a su alrededor. 
Finalmente, recuperé mi dron y di por terminada la grabación. Me quedé contemplando el Faro de Nules con la satisfacción de haber capturado un pequeño pedazo de la belleza del Mediterráneo. 
Me llevaba unas imágenes, sí, pero también una historia que podría revivir cada vez que volviera a ver aquel vídeo. 

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