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Mi Farola
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El Faro de Roquetas de Mar es uno de esos lugares donde la historia del mar y la del propio pueblo parecen haberse quedado detenidas frente al Mediterráneo. 
Aunque ya no guía barcos, el faro conserva algo de su antigua misión: seguir siendo un punto de referencia. Antes señalaba el camino a los navegantes; hoy ayuda a recordar cómo era aquel Roquetas marinero, cuando las embarcaciones llegaban al antiguo fondeadero y una pequeña luz blanca destacaba en la oscuridad de la costa. 
Y quizá por eso resulta especialmente bonito contemplarlo junto al Castillo de Santa Ana: dos guardianes de épocas diferentes mirando hacia el mismo lugar. 
Mi historia comienza desde el aire. 
Con mi dron elevándose lentamente sobre la costa, el paisaje empieza a transformarse. Desde arriba, el Mediterráneo parece infinito y el Faro de Roquetas aparece como un guardián silencioso, unido para siempre a la historia marinera de este rincón de Almería. 
Durante muchos años, su luz fue una referencia en la oscuridad, una pequeña estrella terrestre para aquellos hombres que regresaban a puerto después de enfrentarse al mar. 
Pero el tiempo cambió Roquetas. 
Lo que antes era una costa marcada por la vida de los pescadores fue creciendo hasta convertirse en un importante destino del litoral almeriense. Y mientras alrededor todo cambiaba, el faro permaneció allí, como testigo de otra época. 
Mi dron continúa ascendiendo. 
La cámara gira lentamente alrededor de la torre y desde esa perspectiva, el faro parece cobrar vida.
Desde el aire, la antigua torre blanca recortaba su silueta impoluta contra el fondo arcilloso y cálido del Castillo de Santa Ana. Descendí la altitud suavemente, buscando ese ángulo rasante donde la luz dorada del sol acariciara la linterna del faro. A través del visor, pude ver detalles que jamás se aprecian desde el suelo: las tejas gastadas por la sal, la pátina de la brisa marina sobre el metal y las sombras largas que dibujaba la estructura sobre la plaza de piedra. 
Elevé la nave de nuevo para realizar una órbita lenta de 360 grados. La toma era perfecta. Por un lado, la calma del puerto pesquero con sus barcos alineados como piezas de maqueta; por el otro, la inmensidad del mar perdiéndose en el horizonte almeriense.
Con la batería avisando el último tramo de carga, inicié el descenso hasta que las hélices se detuvieron sobre la hierba. Miré la grabación en la tarjeta de memoria: no era solo un video de un faro histórico, era haber capturado la esencia de la costa en un instante donde la historia y la tecnología se encontraron bajo el cielo de Almería.

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