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Mi Rebordiño
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Hace mucho tiempo, cuando los barcos navegaban estas aguas guiándose por las estrellas y por la memoria de los marineros, una vieja leyenda hablaba de una luz que aparecía en la costa durante las noches de temporal. No era una luz cualquiera. Era la luz de un guardián invisible que advertía a los navegantes de los peligros de los acantilados y les mostraba el camino de regreso a casa. 
Con los años, aquel guardián encontró su hogar junto al mar de Rebordiño. 
Desde entonces, cada amanecer lo veía todo: las barcas saliendo hacia la ría, las gaviotas jugando con el viento, las tormentas llegando desde el Atlántico y las tardes tranquilas en las que el mar parecía convertirse en un espejo. 
Pero había algo que nunca había visto. 
A él mismo desde el cielo.
Hasta que un día escuchó el zumbido de mi dron. 
La pequeña máquina comenzó a rodearlo lentamente. Subió, se alejó y volvió a acercarse. Y por primera vez, el viejo faro pudo contemplar su propia silueta recortada entre el azul del océano y la tierra gallega.
Desde aquella altura comprendió que su historia no estaba solamente en sus piedras. 
Estaba en cada barco al que había ayudado a orientarse, en cada marinero que había regresado a puerto, en cada amanecer contemplado desde su costa y en cada persona que se había detenido a mirar el horizonte. 
Mientras mi dron seguía grabando, pensé que quizá aquel vuelo no era solamente una grabación. 
Era una manera de guardar para siempre un instante de la vida del faro. 
El sol comenzó a bajar y la luz dorada cubrió Rebordiño. El mar se volvió brillante y las sombras se alargaron sobre la costa. 
Entonces imaginé que el faro me decía: 
—No olvides que los lugares también tienen memoria. Tú puedes marcharte, pero tus imágenes harán que mi historia siga viajando. 
Y así fue. 
Cuando el dron regresó a mis manos, me llevé conmigo algo más que unas imágenes espectaculares de Muros. 
Me llevé la historia de un pequeño guardián frente al Atlántico. 
El faro de Rebordiño continuó allí, mirando al mar como siempre. 
Esperando la próxima tormenta. 
El próximo barco. 
El próximo amanecer. 
Y quizá, algún día, otro vuelo que vuelva a contar su historia desde el cielo.

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