



Dicen que en la costa de Xove, existe un lugar donde el mar y el cielo se encuentran de una manera especial: el faro de A Roncadoira.
Aquella mañana llegué con mi dron dispuesto a descubrirlo desde el aire.
No había nadie. Solo la mole blanca del faro, los acantilados de la Mariña Lucense cayendo a plomo y el rugido del mar chocando con las rocas trescientos metros más abajo.
Era el escenario perfecto. Saqué la mochila, desplegué las hélices del dron y lo calibré. Subí a cincuenta metros. La cámara captó la silueta del faro recortándose contra la inmensidad del océano. Con un giro suave del estabilizador, encuadré la costa y los islotes de Gabeiras, que parecían gigantes dormidos bajo la espuma blanca. El encuadre era limpio, majestuoso, casi irreal.
Decidí arriesgar un poco más. Llevé el dron mar adentro y lo giré 180 grados para encarar el acantilado de frente. Quería un plano secuencia de aproximación: volar a ras de agua y luego subir verticalmente rozando la roca viva hasta superar la linterna del faro.
Hice que el dron se alejara lentamente. El faro quedaba cada vez más pequeño, pero su presencia parecía hacerse más grande. Comprendí entonces que aquellos faros no solo sirven para señalar el camino a los barcos. También guardan historias.
Historias de marineros que alguna noche buscaron su luz entre la niebla. Historias de tormentas, de despedidas y de regresos. Historias de hombres que miraron hacia la costa esperando encontrar en medio de la oscuridad, ese pequeño punto de luz que significaba tierra firme y esperanza.
Mientras mi dron recorría la costa, imaginé que el faro me observaba desde abajo.
—No olvides lo que estás viendo —parecía decirme—. El mar cambia cada día, pero yo permanezco aquí para recordar.
Continué grabando. El sol iluminaba los acantilados y el océano adquiría diferentes tonos de azul. Cada movimiento del dron descubría una nueva perspectiva: las rocas, las olas, la inmensidad del horizonte y aquel faro solitario vigilándolo todo.
Y entonces comprendí que mi grabación no era solamente una imagen desde el cielo.
Era un pequeño viaje en el tiempo.
Porque cuando algún día vuelva a contemplar estas imágenes, volveré a sentir el viento de Roncadoira, escucharé el rugido del Cantábrico y recordaré aquella mañana en la que mi dron voló sobre uno de los rincones más salvajes de Xove.
Desde entonces, me gusta pensar que mi cámara consiguió llevarse algo más que unas bonitas imágenes.
Consiguió llevarse un pedacito de la historia del faro de Roncadoira, el eterno guardián de la costa de Xove, allí donde Galicia termina en los acantilados y comienza el inmenso reino del mar.