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Isla Pancha ( Ribadeo - Galicia ) a vista de drone - YouTube y 3 páginas más - Personal_ M
Mi Atalaya
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Dicen que en la costa de San Cibrao, donde el Cantábrico golpea las rocas y el viento parece contar historias antiguas, existe un lugar donde el mar y la tierra se miran frente a frente: la Atalaya de San Cibrao. 
A media mañana llegué allí con mi dron. El cielo estaba abierto y el mar se extendía hasta perderse en el horizonte. Preparé el vuelo, levanté la mirada y con el zumbido de las hélices, mi pequeño explorador comenzó a elevarse. 
A cincuenta metros de altura, San Cibrao se transformó. La península de la Paz parecía un brazo de roca protegiendo al pueblo de las embestidas del océano. Llevé el dron hacia el norte, buscando un plano cenital del faro. En la pantalla, la estructura parecía el eje de un compás gigante trazando círculos de luz invisibles sobre el agua.  
Mientras el dron se alejaba lentamente, imaginé que aquel lugar tenía un guardián.  
Una antigua leyenda contaba que mucho antes de que existieran carreteras, barcos modernos o máquinas capaces de volar, un viejo vigía subía cada día hasta la Atalaya para observar el horizonte. Su misión era sencilla: vigilar el mar y avisar a los habitantes de San Cibrao cuando se acercaba una tormenta. 
Una noche llegó un temporal tan fuerte que el cielo se volvió negro. Las olas parecían montañas y el viento hacía temblar las piedras. El vigía permaneció allí, sin abandonar su puesto, hasta que vio aparecer entre la oscuridad una pequeña luz en el horizonte.
Era un barco perdido. El hombre encendió una gran hoguera en lo alto de la Atalaya y permaneció allí toda la noche. Guiándose por aquella luz, el barco consiguió encontrar el camino de regreso a tierra.  
Desde entonces, cuentan que cuando el viento sopla con fuerza y las olas golpean las rocas, el espíritu de aquel viejo vigía vuelve a la Atalaya para contemplar el mar. 
Quizá por eso, mientras mi dron recorría el cielo aquella mañana, tuve la sensación de que no estaba grabando solamente un paisaje.  
Estaba grabando una historia. Una historia de roca, viento y mar. Una historia de hombres que durante siglos miraron al horizonte esperando encontrar una señal. Y una historia que continúa cada vez que alguien se detiene frente a la Atalaya y contempla el inmenso Cantábrico.  
Regresé el dron a la zona de aterrizaje. Los motores se detuvieron y el silencio de San Cibrao volvió a adueñarse del lugar, interrumpido solo por el graznido de una gaviota real.   
Y allí comprendí que algunas imágenes no necesitan palabras. Porque hay lugares que guardan sus propios recuerdos. Y la Atalaya de San Cibrao es uno de ellos. 

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